jueves, 11 de junio de 2009

Balcanización, de Yugoslavia al PRI

Balcanización, de Yugoslavia al PRIJuan-Pablo Calderón Patiño


Balcanización, de Yugoslavia al PRI

capitanbalaju@yahoo.com.mxBeatriz Paredes fue enfática en su primer discurso como líder nacional del PRI, frente a la dispersión de un partido que perdió dos veces consecutivas la Presidencia de la República. Advirtió del riesgo de la balcanización del partido. Más que una palabra, balcanización entraña polarización extrema, destrucción de lo construido bajo el manto de la unidad y el arrebato de los intereses de una comunidad por la supremacía de intereses de élite. Después del desastre de la destrucción de Yugoslavia, la palabra balcanización adquiere carta de naturalización en las ciencias políticas. Se advierte cuando la atomización presenta rostro y no actúa de manera única en función de lo que fue el caso de la ex Yugoslavia. Luchas de un nacionalismo xenófobo y divisiones religiosas ancestrales, jugaron en su primera cara. No obstante, su esencia es el poder enfermo y lejano a dar continuidad a alianzas constructivas, unas históricas que beneficiaban a la mayoría de la colectividad. Hoy, balcanizar se extiende en cualquier lucha fraticida por el poder o, más bien, por sus retazos. Lo mismo desde el interior de un partido hasta una república. Mencionar la palabra es señal de que las cosas no están bien y es una advertencia para maniobrar cambios excepcionales a situaciones que pueden romper lo construido. Mencionarla como diagnóstico es señalar conductas tradicionalistas que velan por el inmovilismo. Balcanizar es la verdadera vista de lucifer y no como se creía, la máxima de Julio César: divide y vencerás (Divide et vinces). El 4 de febrero de 2003 el Parlamento de Yugoslavia suscribió una reforma a su máxima ley para establecer el fin de la República Federal de Yugoslavia. Con ello, desaparece la tercera y última Yugoslavia reducida a dos repúblicas. En la segunda Yugoslavia, aquella que en 1945 el líder de los partisanos y comunistas yugoslavos, el Mariscal Jozib Broz Tito, fue liberada de los nazis y de la monarquía local. El catolicismo, el Islam y la iglesia ortodoxa, convivieron. El Estado plurinacional integrado por las repúblicas de Serbia, Croacia, Macedonia, Bosnia y Herzegovina, Eslovenia y Montenegro y dos territorios, no tuvo una vida larga. Las repúblicas obtendrían su independencia de la Yugoslavia titista en 1991, y más adelante el reconocimiento internacional como Estados independientes. Hablar del desastre yugoslavo en sentido peyorativo de balcanización, por el lugar geográfico situado, es un tema que enciende incertidumbres. Las causas son imprecisas y ni los ciudadanos de las ex repúblicas de la Yugoslavia de Tito, ni diversos negociadores internacionales que participaron en los procesos de paz, entienden o tratan de entender el desastre. En el drama yugoslavo, la inexistencia de un cuerpo legal que fuera capaz de dirimir las disputas entre las repúblicas fue determinante para la desintegración. El gran juez era el Mariscal Tito y nadie más. Después de su muerte, en 1980, no existió ningún mecanismo institucional que permitiera mantener la unidad de un Estado con seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un partido político. Ésta era la expresión de pluralidad que de Yugoslavia formulaba el propio Tito. El déficit de un manto constitucional audaz y olvidar que Tito antes que estadista era un hombre que algún día tendría que morir, posibilitaron el inicio del desastre y la peor guerra en territorio europeo después de la Segunda Guerra Mundial. Vergüenza para la Europa Comunitaria. Otro elemento en la fragmentación yugoslava fue que después de la democratización del sistema político yugoslavo, los candidatos radicales explotaron las viejas rencillas entre las repúblicas. Los odios afloraron junto con la llave de un nacionalismo férreo y segregador, que se convirtió en un baluarte político. El argumento de un nacionalismo cerrado era el mejor pretexto y discurso de una clase política que veía en él su supervivencia en el poder, aunque eso significara el fin de la Federación. No había espacios para los reformadores integracionistas con un compromiso democrático. La democracia no tuvo demócratas. La unidad yacía en el olvido. El sentido del yugoslavismo, que etimológicamente quiere decir “los eslavos del sur”, naufragaba pensando que la unidad ya no era útil. Balcanizar al PRI significa advertir que tratar de regresar a los orígenes es una regresión peligrosa. ¿A qué orígenes? Al partido lleno de minúsculos partidos regionales que se contaban por decenas. A la regresión de un neocaudillismo regional que confunde el espacio federal con territorios unipersonales. A traducir un federalismo fiscal en un feudalismo fiscal, como ha mencionado Francisco Suárez Dávila, en donde se le exija a la Federación mayores fondos sin someterlos a los mecanismos de transparencia o a desviar sus responsabilidades como entidad federativa para obtener mayores recursos por su cuenta. Los excedentes petroleros no pueden ser eternos. El mayor mérito del partido revolucionario fue su proyección nacional. A un siglo de un Estado mexicano independiente, el partido fue capaz de orientar el camino a las instituciones y enviar al ostracismo a un caudillismo que se bañaba a diario de sangre. Rumbo al Bicentenario de la Independencia nacional, no puede orientar ser un actor estratégico con fórmulas caducas. Lo puede hacer, pero sería el paso a la extinción lenta. ¿Por qué el disgusto de muchos de permitir que la dirigencia nacional sea la que dé la última palabra en formar coaliciones en los estados? Porque el PRI que se quiere refundar de verdad no puede darse el lujo de ser incongruente ni política ni ideológicamente frente a su militancia y frente a la ciudadanía. Propiciar alianzas con la derecha o con sus satélites en los estados, como muchos están pensando, no va en función de los intereses del partido, sino de un comportamiento de nuevos caudillos regionales que se prestan a retener los retazos del poder y no a tejer un poder democrático de la mano de un proyecto serio, incluyente y federal, que resguarde lo mejor de la historia para tener miras de futuro. Muy diferente es la negociación en espacios democráticos políticos con el contrincante, que apremiar sin condiciones a alianzas de agua y aceite, que minan la credibilidad en la política y pecan de un oportunismo propio de los que juegan a la democracia sin ser demócratas. El PRI balcanizado es el camino al estertor. El PRI federalizado y consciente de entrar a su cuarta etapa histórica es el mejor aval para evitar su balcanización. La otra balcanización, la principal, la de un país con enormes asimetrías internas, con un norte y un sur desconectado, con el oprobio de ser una de las primeras quince economías del mundo, pero con la realidad de estar muy lejos en la igualdad social. Esa balcanización mexicana es el mayor reto para las actuales y futuras generaciones de mexicanos. Así lo debe de entender el PRI, que quiere refundarse en su última oportunidad histórica de transformación. De lo contrario, su balcanización será un vivo retrato del cuadro de Goya en el que el personaje central, Saturno, devora a sus propios hijos.
Derechos Reservados © Grupo Editorial Milenio 2006 Juan-Pablo Calderón Patiño

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