Juan-Pablo Calderón Patiño
Conferencia Jesús Reyes Heroles: nuestra trinchera
Jesús Reyes Heroles constituyó una atípica mezcla entre hombre de letras e ideas y hombre político nato. “Pecador” por su bagaje académico, exagerado guardián de la ideología revolucionaria y celador de la institucionalidad del Estado mexicano, fue combatido por propios compañeros de partido. Si de la academia y de sus estudios del liberalismo mexicano, era ingrato para unos tomar el camino político, otros sin darse cuenta de que la política es idea y acción, le reprimían el hecho de que un académico estuviera en los corredores del poder real.Al final, el tuxpeño Reyes Heroles, entendía que el rigor de la academia y la búsqueda permanente de tejer el futuro en el estudio de la historia, no era un ejercicio para publicar ensayos y libros. Ante todo, era la primera mirada y el esbozo, de lo que más tarde habría de emprender en el camino y sentido de la vida política, aquella que nunca deja de acalambrar el alma; pero también que regocija el espíritu, cuando la misión social es el apostolado laico, como definía el socialdemócrata ecuatoriano, Rodrigo Borja. Reyes Heroles, quién en su posgrado en Buenos Aires, pudo ver a distancia a una patria que caminaba, por fin, en la construcción de una institucionalidad que le permitiera hacer política sin el eco de la ráfaga, también sabía que el sistema político en ciernes no sería eterno. A la crisis que a toda Revolución le llega como destino seguro, Daniel Cosío Villegas advertía en su ensayo La crisis en México, escrito en 1947, que “México está inmerso en una gran crisis ideológica porque los fundamentos revolucionarios que han movido el ideario político, social y económico del país carecen de sentido. Con el tiempo el poder y la vitalidad de la revolución se han ido desgastando en parte por su utilización indiscriminada, pero sobre todo porque los líderes políticos no han estado a la altura de la situación”.Reyes Heroles, no en una tarea redentora; pero sí consiente que como hombre de su tiempo, sí quería participar en el devenir histórico de su nación, tenía la necesidad de ser un hombre del engranaje político. Sabía que retomar el eco de la primera revolución social y despejar al “México bronco”, que “duerme y no hay que despertarlo”, pasaría por la apertura democrática del sistema. Gradual, insuficiente, condescendiente con la izquierda y otros adjetivos, mereció la reforma política que él instrumentó en 1977. A distancia, nadie niega que ha sido la reforma desencadenadora de otras reformas electorales, que hoy han logrado que la pluralidad arribe con civilidad al poder.Hoy, porque la política y el debate de las ideas no pueden ser solitarios, un grupo de jóvenes miembros del PRI, nos hemos aglutinado en un ejercicio de reflexión y propuesta, que hemos bautizado como “Conferencia Jesús Reyes Heroles”. La Real Academia Española, define a la Conferencia, entre varias otras acepciones, como la “Disertación en público sobre algún punto doctrinal”, a ello le sumamos el carácter permanente de la Conferencia, como la mejor apuesta para dotarle un programa estructurado en el debate de los temas de la agenda política, la de política exterior, la económica, la social y la educativa y cultural.¿Por qué el nombre de Reyes Heroles en la Conferencia? ¿Qué es lo que motiva la creación de la Conferencia Reyes Heroles? Las respuestas están entrelazadas. El nombre no es la necesidad de llenar un vacío, sino la capacidad de distinguir que entre la coyuntura y la historia, siempre buscamos participar en la construcción de la segunda, aún cuando el presente inmediato busque nublar la ruta que transforma y da contenido social y nacional, cuando se tiene a la política como vocación y no como ocasión, en el sentido Weberiano. Reyes Heroles, así lo fue.Más allá de las instancias formales que hay al interior del PRI, la participación en el partido no sólo está en su entramado orgánico, sino en la capacidad de buscar convergencias con intentos colectivos, que profundicen el debate interno. Desligar esa realidad es pretender burocratizar o uniformar, lo que no debe de ser así en un partido, que busca no sólo ganar elecciones, sino reconstituirse como una auténtica alternativa que sume a un proyecto nacional, que no espera regresiones ni intentos futuristas desarmados por el peso de la demagogia y el desencanto.Si la razón de existir desde el nacimiento del PRI, fue la inclusión de perspectivas y cosmovisiones diversas, aunque todas enlazadas por la transversa línea de la herencia revolucionaria. Hoy, cuando el PRI, dejó desde el 2000 de ser el partido del poder y en la apertura de ser lo que nunca fue en esencia, un partido en la sociedad para arribar el poder, dado que el origen del priismo en el PNR, nació en el poder para mantener el poder. La articulación temática con la agenda del siglo XXI, no puede estar divorciada de la renovación generacional auténtica. Esta ve la necesidad de refundar el planteamiento ideológico, que hoy el PRI busca en la socialdemocracia, para darle contenido a su agenda, para diferenciarse del contrincante político y para emprender un nuevo diálogo con la sociedad mexicana. Un diálogo que rebase el pragmatismo coyuntural de ganar elecciones con la divisa que es el peor de los espejismos; ganar siendo el voto antioficialista y no la alternativa que conquiste. Después de todo, no le faltaba la razón a Reyes Heroles, cuando mencionaba que no pueden vencer, aquellos que son incapaces para convencer, además de que lo importante en política es convencer, persuadir, no improvisar. Uno de los propósitos de la Conferencia, es animar un diálogo inter generacional, entre los cuadros que ayer ejercieron diversas posiciones en el Estado mexicano y los cuadros que hoy en día, empiezan a tomar la estafeta en diversas responsabilidades. La vinculación inter generacional, como puente entre el ayer y el presente, es el único camino para despejar el futuro; pero también para valorar las luces que hubo en el período de hegemonía del PRI y rescatar que el mejor aval de la carrera política, es el profesionalismo, la capacidad real para conducir la cosa pública y nunca el compadrazgo, el poder del dinero o el sometimiento a nuevos poderes fácticos, que buscan secuestrar el interés público y las estructuras de democracia representativa.La presencia y trabajos de la Conferencia, no pueden estar centralizados desde la Ciudad de México. La capacidad de trabajos en diversas entidades federativas van de la mano para federalizar el debate y para lograr identificar en el mosaico plural de las regiones, modos de pensar, realidades, retos y riquezas, lo cual es la articulación que un partido nacional debe de tener. Así como el debate y la lucha interna, son parte en cualquier instituto político moderno, valoramos que en una nueva realidad, las estructuras del viejo corporativismo están llamadas a transformarse, para Incrementar el vínculo con la mayor parte de la ciudadanía, por la que hoy se gana la elección y que no tiene militancias partidistas, es una necesidad para ganar más confianza. Al término del primer año de la Conferencia, se recopilarán todas las intervenciones temáticas reunidas, además de la memoria de los debates. No sólo se busca darle contenido a la democracia, valor a la política como movilidad social e inclusión y capacidad para rebasar el umbral del sufragio, sino también en tener respuestas a los retos de la agenda mexicana. Hoy se reclaman soluciones que compaginen no sólo esencia, sino destino y rumbo certero. Sin saber que se quiere como país, impensable saber a dónde dirigirse. La “Conferencia Reyes Heroles”, es una nueva trinchera que sabrá sumar conciencias y voluntades. Su nacimiento bien responde a lo que el ideólogo veracruzano escribiera, en relación a que en la política, la falta de ideas produce ofuscación; la luz del enfrentamiento de ideas, de su lucha, no deslumbra, ilumina. En síntesis, rescatar los contenidos de la política como instrumento de transformación, paz social y desarrollo.
viernes, 11 de septiembre de 2009
martes, 14 de julio de 2009
Nueva Legislatura ¿Qué PRI?
7/13/2009 9:26:00 PM, La Jornada, edición Veracruz.
Nueva Legislatura ¿Qué PRI?
Juan-Pablo Calderón Patiño
La elección para la renovación de la Cámara de Diputados rebasó los pronósticos de los que auguraban un abstencionismo que, según sus impulsores, pudo haber superado 70 por ciento, lo que hubiera supuesto no sólo un altísimo déficit de legitimidad, sino una crisis institucional en el primer ejercicio que la democracia mantiene en el sufragio. En contracorriente a la votación cercana a 45 por ciento del padrón electoral, por primera vez desde hace varios años, una elección intermedia despertó ese alto índice de votación, incluyendo el caudal de votos nulos que llegó a superar el porcentaje de votos del ramillete de partidos “bonsái” o la llamada “chiquillada”.Una vez más, el PRI manifestó lo atípico que es, frente a los diversos actores políticos y académicos que lo veían muerto después del 2000, el viejo partido no sólo demostró que está más presente que nunca, sino que también que tiene la capacidad para seguir ganando espacios de poder, de manera esencial en gobiernos estatales y municipales. Ahora, logró sumar la operación electoral de sus gobernadores, para ganar la primera minoría en la Cámara de Diputados, el espacio que junto con el Senado, es por excelencia la arena de la política nacional. En el sistema de mayoría relativa ganó más de 50 por ciento de los 300 distritos electorales.No se puede seguir analizando la nueva conformación de la próxima Legislatura 61 si no se enmarca en el pasado reciente del avance democrático de México, el cual no inició en el 2000. Para algunos, con énfasis los partidarios de la derecha, el año 2000 fue el principio de la transición mexicana. De nueva cuenta ¿Transición a dónde? ¿Qué rumbo tiene esa transición? ¿Por qué expropiar ese término si no hay ruta segura y nadie tiene el derecho de expropiársela?2000 no representó ninguna transición democrática, porque ésta comenzó en la parte del andamiaje legal y político en 1977, con la reforma política impulsada por Jesús Reyes Heroles. El prólogo a 1977 fue, sin temor a la equivocación, 1968, cúspide de la movilidad social que ya había tenido un encender unos años antes en el movimiento ferrocarrilero y en el de los médicos. Lo que evocó la derrota del PRI en 2000 y el paso al poder presidencial del contrincante histórico del priísmo, fue en realidad una demostración civilizada de alternancia política, ejercicio que ya era una realidad en gobiernos estatales desde 1989.La alternancia en la presidencia de la República era un tema pendiente, que demostraría el calado institucional y político para un cambio de poderes terso, también representó y convalidó en 2006 el fin de la transición a la democracia. El poco espacio del PRI para escuchar que debía de transformarse desde hace más de dos décadas le costó no sólo una progresiva disminución de votos, sino el fin del monopolio para hacer política y llegar por la vía electoral y pacífica a los diversos brazos del Estado mexicano.La transición democrática no puede replegarse como bandera eterna para luchadores políticos y sociales. Fue aspiración en lo electoral, ya acabada. La reciente elección que puso a prueba al IFE, significó puntos positivos para recobrar lo perdido en materia electoral en el 2006. Con ello, también se despejan dudas de que se tiene la armadura en el actual Consejo General del órgano electoral, para volver a probar las reformas electorales que tendrán que validar en el 2012.La transición no puede ser discurso eterno. Quizá, el salto al poder de diversos grupos políticos ajenos al PRI, entre ellos la izquierda radical y la derecha política, lo argumentaban para llegar al poder. Hoy, desde el poder, ya no puede tener eco evocar a la transición democrática. Más bien, el pendiente es que en la democracia se diserten soluciones a los pendientes de la agenda nacional, tanto en la coyuntura, como los que están entretejidos en la realidad nacional como la desigualdad social, la pobreza y las disparidades regionales.Como juego maligno para los que defienden a la democracia y en el trasiego de su actuar, buscan aniquilar al contrincante político. La reciente campaña para diputados federales, demostró dos cosas. Una, que es ya débil el argumento de que todos los males nacionales son fruto del PRI y dos, que el PRI está ganado en una realidad diametralmente distinta a la de hace cuatro lustros. En el primero, su debilidad es latente cuando el PAN ya lleva casi una década gobernando. En la segunda, el PRI que sabía que no había más alternativa en dar apertura de espacios políticos a la oposición, ha pasado del ser el partido hegemónico o de Estado para muchos, al partido dominante en la escala de partidos políticos, que el propio Giovanni Sartori escribió. Con nuevas reglas en el juego electoral, el PRI está demostrando que puede caminar a prisa para regresar a Los Pinos, en un contexto de alta competitividad electoral.Quien hoy se refiera como priísta (con mayor dedicación los que sin tapujos admitían su militancia antes de esta victoria), no tiene duda sobre su pertenencia al partido, sino ¿a qué PRI, pertenece? El PRI no puede ser “la confederación de diversos intereses privados o investidos en un neocaudillaje”, como lo representa el papel de sus gobernadores. Posiciones divergentes como el puñado de priístas (todavía los hay), que insisten en las medidas monetaristas impulsadas desde 1982 y que hoy la propia realidad nacional y global demuestran su ineficiencia. Son contrincantes de un priísmo que busca recuperar el Estado social, la ventana a la responsable participación del Estado en la regulación en la economía. Posiciones que en conjunto pretenden recuperar espacios perdidos, como el apoyo en la clase media o en diversas minorías, representan los rasgos de darle al PRI un sello ideológico, en el intento de mexicanizar la socialdemocracia.Hoy se dice que el PRI junto con el PVEM puede tener mayoría. Así puede ser, pero lo cuantitativo en el Congreso siempre se topa con lo cualitativo que puede o no afianzar la credibilidad. Si el PVEM es el enramado de representantes de poderes fácticos (muchos enfrentados con el PRI, en temas como la regulación de los medios electrónicos), ¿es confiable una alianza con los verdes? ¿Hasta qué grado no es mejor alianzas temáticas con un sector del PRD o Convergencia?Hoy, el PAN perdió los hilos de la conducción presupuestal al no contar con los 167 diputados necesarios para seguir teniendo el manejo del Presupuesto de Egresos. En la mentalidad de los que parlamentarizan a su libre albedrío el presidencialismo, se dice que habrá un “cogobierno” entre el PRI y el PAN. Una cosa es que haya colaboración de poderes y otra es que sea obsecuente con el oficialismo y se pierda identidad y capacidad de diferenciarse. El PRI no puede “cogobernar” con el PAN y lo saben bien desde Los Pinos, ahora más que nunca se verá si hay audacia para no entrampar ni secuestrar agendas. Se dirá “el PRI si quiere retornar al poder en el 2012 no va a querer gobernar un país devastado”. Es cierto, pero ello no involucra seguir dando palos de ciego a lo que dicta la Secretaria de Hacienda o los trazos que desde la soledad del Presidente de la República salgan, cuyo único camino es tratar de hacer política. Asunto complicado para quien ayer desestimó y condenó sin necesidad al aliado político del que hoy necesita, pero también, por el que está en el poder. Germán no abrió la boca sin autorización de su jefe político.Hoy el PRI ganó la primera fuerza en San Lázaro. Las trompetas de la victoria encantan a muchos priístas, a casi todos. La cohesión y la unidad sirvieron, pero en muchos otros priístas siguen escuchándose los tambores de otra batalla que no tiene escalas. La batalla por la refundación ideológica y una auténtica renovación generacional. Pretender aplazarla por el triunfo inmediato sería perder una oportunidad no sólo para 2012, sino para ser un transformador en una nueva historia nacional. Rafael Segovia escribía que “Abandonar a un partido, en este caso concreto al PRI, a su destino, a un destino fijado por el sólo, conduciría en un plazo brevísimo a la ingobernabilidad”.La refundación es un ejercicio que no admite prórrogas y como asunto de gobernabilidad nacional, también tiene la asignatura para contribuir a una democracia efectiva, paso posterior a la acabada transición. Así logrará callar a los que dicen: “ganaron, porque entre los violentos y los incompetentes, no había opción” o “hay una regresión autoritaria”.
Nueva Legislatura ¿Qué PRI?
Juan-Pablo Calderón Patiño
La elección para la renovación de la Cámara de Diputados rebasó los pronósticos de los que auguraban un abstencionismo que, según sus impulsores, pudo haber superado 70 por ciento, lo que hubiera supuesto no sólo un altísimo déficit de legitimidad, sino una crisis institucional en el primer ejercicio que la democracia mantiene en el sufragio. En contracorriente a la votación cercana a 45 por ciento del padrón electoral, por primera vez desde hace varios años, una elección intermedia despertó ese alto índice de votación, incluyendo el caudal de votos nulos que llegó a superar el porcentaje de votos del ramillete de partidos “bonsái” o la llamada “chiquillada”.Una vez más, el PRI manifestó lo atípico que es, frente a los diversos actores políticos y académicos que lo veían muerto después del 2000, el viejo partido no sólo demostró que está más presente que nunca, sino que también que tiene la capacidad para seguir ganando espacios de poder, de manera esencial en gobiernos estatales y municipales. Ahora, logró sumar la operación electoral de sus gobernadores, para ganar la primera minoría en la Cámara de Diputados, el espacio que junto con el Senado, es por excelencia la arena de la política nacional. En el sistema de mayoría relativa ganó más de 50 por ciento de los 300 distritos electorales.No se puede seguir analizando la nueva conformación de la próxima Legislatura 61 si no se enmarca en el pasado reciente del avance democrático de México, el cual no inició en el 2000. Para algunos, con énfasis los partidarios de la derecha, el año 2000 fue el principio de la transición mexicana. De nueva cuenta ¿Transición a dónde? ¿Qué rumbo tiene esa transición? ¿Por qué expropiar ese término si no hay ruta segura y nadie tiene el derecho de expropiársela?2000 no representó ninguna transición democrática, porque ésta comenzó en la parte del andamiaje legal y político en 1977, con la reforma política impulsada por Jesús Reyes Heroles. El prólogo a 1977 fue, sin temor a la equivocación, 1968, cúspide de la movilidad social que ya había tenido un encender unos años antes en el movimiento ferrocarrilero y en el de los médicos. Lo que evocó la derrota del PRI en 2000 y el paso al poder presidencial del contrincante histórico del priísmo, fue en realidad una demostración civilizada de alternancia política, ejercicio que ya era una realidad en gobiernos estatales desde 1989.La alternancia en la presidencia de la República era un tema pendiente, que demostraría el calado institucional y político para un cambio de poderes terso, también representó y convalidó en 2006 el fin de la transición a la democracia. El poco espacio del PRI para escuchar que debía de transformarse desde hace más de dos décadas le costó no sólo una progresiva disminución de votos, sino el fin del monopolio para hacer política y llegar por la vía electoral y pacífica a los diversos brazos del Estado mexicano.La transición democrática no puede replegarse como bandera eterna para luchadores políticos y sociales. Fue aspiración en lo electoral, ya acabada. La reciente elección que puso a prueba al IFE, significó puntos positivos para recobrar lo perdido en materia electoral en el 2006. Con ello, también se despejan dudas de que se tiene la armadura en el actual Consejo General del órgano electoral, para volver a probar las reformas electorales que tendrán que validar en el 2012.La transición no puede ser discurso eterno. Quizá, el salto al poder de diversos grupos políticos ajenos al PRI, entre ellos la izquierda radical y la derecha política, lo argumentaban para llegar al poder. Hoy, desde el poder, ya no puede tener eco evocar a la transición democrática. Más bien, el pendiente es que en la democracia se diserten soluciones a los pendientes de la agenda nacional, tanto en la coyuntura, como los que están entretejidos en la realidad nacional como la desigualdad social, la pobreza y las disparidades regionales.Como juego maligno para los que defienden a la democracia y en el trasiego de su actuar, buscan aniquilar al contrincante político. La reciente campaña para diputados federales, demostró dos cosas. Una, que es ya débil el argumento de que todos los males nacionales son fruto del PRI y dos, que el PRI está ganado en una realidad diametralmente distinta a la de hace cuatro lustros. En el primero, su debilidad es latente cuando el PAN ya lleva casi una década gobernando. En la segunda, el PRI que sabía que no había más alternativa en dar apertura de espacios políticos a la oposición, ha pasado del ser el partido hegemónico o de Estado para muchos, al partido dominante en la escala de partidos políticos, que el propio Giovanni Sartori escribió. Con nuevas reglas en el juego electoral, el PRI está demostrando que puede caminar a prisa para regresar a Los Pinos, en un contexto de alta competitividad electoral.Quien hoy se refiera como priísta (con mayor dedicación los que sin tapujos admitían su militancia antes de esta victoria), no tiene duda sobre su pertenencia al partido, sino ¿a qué PRI, pertenece? El PRI no puede ser “la confederación de diversos intereses privados o investidos en un neocaudillaje”, como lo representa el papel de sus gobernadores. Posiciones divergentes como el puñado de priístas (todavía los hay), que insisten en las medidas monetaristas impulsadas desde 1982 y que hoy la propia realidad nacional y global demuestran su ineficiencia. Son contrincantes de un priísmo que busca recuperar el Estado social, la ventana a la responsable participación del Estado en la regulación en la economía. Posiciones que en conjunto pretenden recuperar espacios perdidos, como el apoyo en la clase media o en diversas minorías, representan los rasgos de darle al PRI un sello ideológico, en el intento de mexicanizar la socialdemocracia.Hoy se dice que el PRI junto con el PVEM puede tener mayoría. Así puede ser, pero lo cuantitativo en el Congreso siempre se topa con lo cualitativo que puede o no afianzar la credibilidad. Si el PVEM es el enramado de representantes de poderes fácticos (muchos enfrentados con el PRI, en temas como la regulación de los medios electrónicos), ¿es confiable una alianza con los verdes? ¿Hasta qué grado no es mejor alianzas temáticas con un sector del PRD o Convergencia?Hoy, el PAN perdió los hilos de la conducción presupuestal al no contar con los 167 diputados necesarios para seguir teniendo el manejo del Presupuesto de Egresos. En la mentalidad de los que parlamentarizan a su libre albedrío el presidencialismo, se dice que habrá un “cogobierno” entre el PRI y el PAN. Una cosa es que haya colaboración de poderes y otra es que sea obsecuente con el oficialismo y se pierda identidad y capacidad de diferenciarse. El PRI no puede “cogobernar” con el PAN y lo saben bien desde Los Pinos, ahora más que nunca se verá si hay audacia para no entrampar ni secuestrar agendas. Se dirá “el PRI si quiere retornar al poder en el 2012 no va a querer gobernar un país devastado”. Es cierto, pero ello no involucra seguir dando palos de ciego a lo que dicta la Secretaria de Hacienda o los trazos que desde la soledad del Presidente de la República salgan, cuyo único camino es tratar de hacer política. Asunto complicado para quien ayer desestimó y condenó sin necesidad al aliado político del que hoy necesita, pero también, por el que está en el poder. Germán no abrió la boca sin autorización de su jefe político.Hoy el PRI ganó la primera fuerza en San Lázaro. Las trompetas de la victoria encantan a muchos priístas, a casi todos. La cohesión y la unidad sirvieron, pero en muchos otros priístas siguen escuchándose los tambores de otra batalla que no tiene escalas. La batalla por la refundación ideológica y una auténtica renovación generacional. Pretender aplazarla por el triunfo inmediato sería perder una oportunidad no sólo para 2012, sino para ser un transformador en una nueva historia nacional. Rafael Segovia escribía que “Abandonar a un partido, en este caso concreto al PRI, a su destino, a un destino fijado por el sólo, conduciría en un plazo brevísimo a la ingobernabilidad”.La refundación es un ejercicio que no admite prórrogas y como asunto de gobernabilidad nacional, también tiene la asignatura para contribuir a una democracia efectiva, paso posterior a la acabada transición. Así logrará callar a los que dicen: “ganaron, porque entre los violentos y los incompetentes, no había opción” o “hay una regresión autoritaria”.
lunes, 15 de junio de 2009
¿Qué agenda para el PRI?
http://www.ortegaygasset.edu/contenidos.asp?id_i=330
¿Qué agenda para el PRI?
Juan-Pablo Calderón Patiño
Mayo, 2008
El artículo de Liebano Sáez, titulado Una agenda para el PRI, es tan nodal como provocador en el sentido de dejar una interrogante, que aunque plasma en el artículo, el autor deja de tarea principal al lector; ¿Qué agenda para el PRI? Sin duda, una tarea no inclusiva de las élites del partido, sino también un pendiente que urge resolver a la militancia más activa en el debate de las ideas que busca definir que partido se quiere en un México plural y en una sistema competitivo de elecciones. Se habla y no sin razón, de que la política interna en el partido ha transitado de las nociones federales a las realidades del entorno local. Es verdad. Ante la ausencia del titular del Ejecutivo que era también el jefe de partido, ese centro de poder se ha fragmentado en los 18 estados donde gobierna el PRI. No obstante, en las restantes entidades federativas, se supondría tener una mayor capacidad de maniobra interna en el partido, asunto comandado por liderazgos locales que en su mayoría tienen curules en el Legislativo Federal. La oposición del PRI en estados en los que no gobierna se lleva al escenario nacional como una realidad de su nueva etapa histórica, a la que llegó no sólo en el desempeñadero que fue perder dos veces consecutivas la Presidencia de la República. Sino también al hecho cuantitativo de menor porcentaje de votos en las últimas tres elecciones presidenciales. Hoy en día ser oposición no es una tarea resuelta en el PRI. Es verdad que el respeto y la confianza en el orden institucional, tarea llevada por tantas décadas en gobernar, es un baluarte en el PRI. Así se puede dar testimonio del comportamiento de los priistas en la instalación de la sesión para que el Presidente de la República tomara posesión. Otros ejemplos abundan, tal es el caso de su responsabilidad de aprobar en tiempo y forma desde el Legislativo, el Presupuesto de Egresos o reformas estructurales como la del ISSSTE. El alto nivel de votación de la ciudadanía hacia el PRI, frente a escenas de toma de tribuna o incapacidad de gestión política para desarticular conflictos en el gobierno federal, tiene que ver con esa vocación institucional al poder. No obstante, eso no diluye lo que Rafael Segovia retrata muy bien en torno a lo que como oposición debe velar como contrario y oposicionista por naturaleza. “La oposición tiene por función fundamental que oponerse a una política que tiene el poder”. El PRI no puede depender por mucho tiempo en continuar lo que el dicho popular llama en la expresión “nadar de a muertito” Las redefiniciones se deberán resolver con astucia e inteligencia en un debate ideológico que diga que ofrece el PRI a la ciudadanía, pero también cual es el programa contra su adversario histórico que es la derecha, hoy en el poder. Mencionar que el PRD es el contrincante a vencer, es lo mismo que hizo el PRI cuando siendo gobierno creyó que venciendo a la izquierda, tendría más fuerza. Lo único que posibilitó fue el viraje de un electorado para que la derecha llegara al poder en el 2000. El debate ideológico no sólo es la oportunidad para conquistar al electorado que hoy por hoy esta siendo presa de los extremos. Sino también para que el PRI tome posición unificada en asuntos que como el tema petrolero o el de redefinir que relación debe de haber con Estados Unidos, son de trascendencia nacional. Balcanizar, no sólo es polarización geográfica de un neocaudillismo regional. También tiene señas cuando el PRI no puede ser un ramillete suelto de posiciones políticas (y en su caso muy pocas ideológicas) que a veces pueden demostrar conductas, por parte de ciertos miembros, de colaboracionismo con el panismo en el poder. El colaboracionismo de algunos puede ser el final de la participación política de muchos intentos de refundar al partido histórico de México. Se habla que el debate no debe de tener señas de ideología, pero acaso ¿ideología no es también saber articular ideas para saber responder con un programa de acción consolidado? Giovanni Sartori ha escrito que la distinción entre la ideología en el saber y la ideología en la acción no es, necesariamente, una separación: existen problemas que afectan a ambas. ¿Cómo poder articular lo valioso de la experiencia en el oficio de la política con las nuevas formas de entender y hacer política? ¿Cómo saber vincular la herencia histórica con un nuevo andamiaje de las nuevas generaciones y por ende, de las nuevas temáticas que emergen no sólo en México sino también en la comunidad internacional? No es caer en dogmas ni en posiciones irreductibles. Es dar certeza a una política racional en la que la doctrina puede prevalecer sobre la práctica y los principios sobre los precedentes. La racionalidad política es y debe de seguir siendo empírica para que en combinación con el corredor realista pueda dilucidar que alcance y consecuencias tengan los medios para arribar a un fin y bien, para que la práctica política tenga interdependencia con una doctrina y base ideológica que se retroalimente a diario desde los ojos y visión de un nacionalismo, que no está puesto a debate en su existencia, sino en su evolución.
Liebano Sánz establece que el PRI debe privilegiar a las regiones y tiene razón más cuando el PRI es realmente el único partido con presencia nacional en cada región de una nación heterogénea. El debate ideológico debe de dar respuestas de ¿cómo vincular a las regiones? Para muchos el antídoto para demostrar que el PRI nacional, no entendido desde su Dirigencia en Insurgentes Norte, sino en su capacidad de partido federal, es una de sus mayores pertenencias y retos. En un país sumamente desigual donde cinco entidades federativas acumulan más de la mitad del PIB nacional, se debe posibilitar nuevos polos de desarrollo para así dar muestras de inclusión y lo mas importante, que cada estado sea participe de un desarrollo que compagine localidad-región y nación. La nueva realidad global plantea una especie de incongruencia, pero en suma una realidad; el Estado es el principal actor por su sostén político y de seguridad, pero dentro de él, las regiones son un capitulado especial con una mayor interdependencia. Dar respuestas a integración de regiones como el sureste mexicano o la cuenca del pacífico, es un requisito fundamental para que se descubran las posiciones de qué México se quiere en la globalización, además de subrayar sus responsabilidades y derechos como miembro de la comunidad de Estados. Cosas distintas, pero complementarias. Atajar ese camino sería no dar antídotos al florecimiento de figuras que por encima de visiones de conjunto, creen que son los únicos portadores del cambio que debe tener el partido. El partido en lugar de federalizarse se atrincheraría en estados con gobernador del PRI. Lejos de buscar la inserción de su estado y sumarse a una estrategia nacional, el delirio de poder unipersonal representaría un feudo político, y por consiguiente, una larva en el proceso democrático que debe cubrir a todo el territorio nacional. En la elección presidencial del 2006 no es un secreto a voces que más de un mandatario estatal emanado del PRI operó de alguna manera a favor del PAN. Se ha dicho hasta el cansancio que los gobernadores priistas habrían pasado de ser virreyes a reyes o recordando a Cosío Villegas cuando se refería al presidente omnipotente, un monarca sexenal. En el 2012 habrán pasado doce años de que el PRI “abandonó” el poder en lo formal. No obstante, hay dos vectores que deben ser estructura para dar fuerza a una nueva agenda. El primero de ellos dar respuestas de cómo sería el comportamiento, las líneas de entendimiento, la nueva forma de colaboración y articulación de los gobernadores del PRI con un Presidente de la República del mismo partido. Imposible regresar a los tiempos en los que el centralismo ponía o quitaba gobernadores a su antojo e intereses. Pero también riesgoso es sacrificar visiones nacionales por entidades localistas, incapacitados por un oprobioso interés de grupo, para reforzar a las regiones en un esfuerzo colectivo de superación permanente que es el Estado mexicano. El segundo reto o más bien realidad es saber que hacer si se gana la Presidencia de la República en el 2012. En la recepción del gobierno federal el nuevo presidente (fuera del PAN, del partido que fuera) se encontraría con una administración pública “colonizada” por Acción Nacional. Así fue el entuerto de una criticada ley de servicio profesional de carrera, que más que velar por una posición de Estado en el trabajo público, privilegia a los hombres de la derecha. Una de las riquezas del PRI fue encauzar en el aparato público a la profesionalización de muchos dirigentes políticos o bien, de auspiciar a técnicos en distintas ramas desde la agricultura al petróleo, de la diplomacia a las cuestiones hacendarías. Para el 2012 muchos hombres del partido que jugaron un papel en la administración pública del “viejo régimen” ya habrán pasado a jubilación o estarán en otras actividades. ¿Con quién se va a gobernar? ¿Con qué canales no sólo de profesionalidad sino de lealtad política se podrá hacer la tarea? No hay respuestas únicas, pero si realidades inminentes. El debate ideológico, la capacidad de hacer escuela de cuadros políticos, la identificación con sectores de la sociedad que no se sienten representados, la vinculación con causas sociales para dar certeza a acciones de políticas públicas, son un cauce que vincularía renovación generacional con refundación ideológica.
Se tiene que aprender que resultados en procesos electorales locales no pueden ser vistos con seguridad en elecciones federales. Son una buena aproximación, pero no se tiene asegurado el mismo resultado. De la misma manera, el flujo democrático federal debe de tener el mismo vínculo en la vida política en lo local, de lo contrario, las regresiones a formulas superadas (como el verticalismo o la personalización del poder) representarían crisis de credibilidad y espacio para la irresponsabilidad.
El maridaje del PRI en llevar un debate ideológico en el que la unidad esté verdaderamente cohesionada por un proyecto y no sólo por un conjunto de siglas para llegar al poder por el poder, debe reconfigurar los elementos que hoy por hoy debe tener todo partido político moderno que quiera contribuir a la gobernabilidad democrática. Ni la derecha le pertenece al partido que fue movilizador de masas en la otrora etapa histórica del corporativismo, ni la extrema izquierda es el camino. Dilucidar un polo ideológico es la capacidad de tejer una socialdemocracia a la mexicana, de mexicanos y para los mexicanos. Para los teóricos contemporáneos de los partidos políticos; las dimensiones electorales, los intereses de los afiliados, la organización de partido, el sistema de partidos y las instituciones públicas en general, formulación de políticas públicas e implementación de políticas públicas, son surcos en los que depende un partido fuerte en un contexto de construcción cotidiana de la democracia. Buscando nuevas herramientas, la reconstrucción del PRI, debe darse la obligación de que hacer con los resabios del viejo corporativismo que ya es incapaz de operar, dado cuenta de que ya no están los estímulos desde el poder y por consecuencia las organizaciones dejaron de ser aparatos electorales del régimen. La voz del partido fue del Estado dentro del Estado y fuera de esas instancias no había camino político. Ahora, la voz que busque ganar confianza, inclusión, debate y vías de movilización, es desde la sociedad para buscar la interlocución y el acercamiento con el Estado democrático, que en cada elección se pone a prueba el éxito o no de ese acercamiento y de la capacidad para operar en obras políticas de transformación las demandas de grupos tan diversos que van desde la comunidad académica, las minorías étnicas, los diversos grupos del sector empresarial, la juventud obrera, los campesinos, etc. Por más ardua que sea al interior la lucha política en el partido, está no debe de desconocer que elevar la democratización interna es reforzar en el exterior la confianza para realizar la gestoría que el partido debe de mantener los 365 días del año frente a los órganos del Estado.
El PRI tiene un voto duro muy importante, pero insuficiente para las victorias que deberá buscar. En la realidad del sistema de partidos, el priismo fue su artífice desde el gobierno a partir de la serie de reformas electorales que desde 1977 se instalaron con mayor fuerza. Si el PRI quiere tener una agenda parlamentaria que trascienda legislaturas y al mismo tiempo este encaminada a recuperar la presidencia, tiene que atender los vectores de formular políticas públicas para en su caso aplicarlas como gobierno y/o inspeccionarlas y sugerir si permanece en la oposición desde el Legislativo Federal. En ello, el debate ideológico tiene un instrumento no sólo para justificarse, sino para ser un partido constructivo y con guía segura que exilie improvisaciones.
Recobrar la credibilidad en el partido, no sólo como garante de representación político sino también de abrazar causas ciudadanas, pasa por la obligatoria necesidad de redefinir el compromiso de militancia, burocracia partidaria y políticos, por la construcción de un esquema que redefina una ética en dos vías; para arribar al poder y desde el poder. Abandonar esta discusión no abonaría la oportunidad para inventar un mecanismo donde los actores políticos que se ausentan del marco de la legalidad, paguen las consecuencias en solitario y ya no, es posiciones en las que se abusa de la estructura partidista y del compromiso para acrecentar parcelas de impunidad para interés unipersonales o de camarillas. La rendición de cuentas no sólo parte de la obligatoriedad de la legislación en las oportunidades cuando se es gobierno, también representa la ocasión para que dentro de los espacios de la militancia, la credibilidad sea baluarte de legitimidad de la dirigencia nacional, estatal o municipal. Perdurar fórmulas que secuestran al partido por comportamientos magros ilegales o por conductas en un reconocido déficit de ética de unos pocos, no sólo alejaría al PRI para tener un encuentro con las más diversas capas de la sociedad mexicana. También vulneraría ser el espacio para hacer política de quiénes han respetado la legalidad tanto al interior de la vida del partido como en sus propios actos, personales, o en su caso, políticos. Un talón de Aquiles de la vida social mexicana, que lo mismo toca al sector privado que al oficial, ha sido, más que la percepción, realidad en un sin fin de ocasiones. Es más redituable hacer fuera de la ley, que dentro de la ley. La ilegalidad convertida como medio se ha escabullido en varias batallas no sólo políticas sino también en el cotidiano de la vida de cualquier grupo de la sociedad.
¿Quién manejará la Agenda del PRI? Es cierto que se necesita una nueva generación de políticos profesionales, pero hay que detenerse para saber cual es el contexto de esas nuevas generaciones. El México que vio nacer a la generación de mexicanos en el último cuarto del siglo XX, no puede dejar de subrayar que pese a las grandes transformaciones de fin de siglo y de inicios del XXI en México y allende sus fronteras, es también la generación heredera de la suma de contrariedades, éxitos y puntos magros que rebasan a la posrevolución. Entender que esa generación es heredera de la Revolución Mexicana, la primera revolución social del orbe en el siglo pasado, puede confundir y dar espacio a mil lecturas, tan variantes como posiciones que levantarían pasiones en un debate nacional, que se quiera o no, la arrojaría para muchos un saldo de muchos vencidos y muy pocos ganadores. El debate encendido de esa generación puede tener un recato en su expresión, pero no en el recorrido demográfico de una generación que más que hijos, son los nietos y bisnietos de la Revolución Mexicana. La generación del último cuarto del siglo XX fue la que cuyos padres vieron el fruto de un país que por primera vez en su historia, la estabilidad social y el crecimiento, parecían ir en la misma vía. Así lo suponía el crecimiento en términos reales de la economía mexicana que creció a un ritmo sostenido de 6.4% y un PIB per capita a razón del 3.2%. Las generaciones que escapen a la inmovilidad y sean concientes de su responsabilidad histórica, tendrán abierto el camino, aunque algunos no pocos, intenten cerrar el camino. La agenda es también reposicionar al Estado Laico y dar una nueva fórmula que en un contexto globalizador debe de dar cuenta para que es la riqueza nacional y como redistribuir el ingreso en la sociedad. El México histórico y el papel que le espera resolver en el futuro, no puede estar en una escala indefinida, como tampoco en la inacción ni en la desfragmentación de voluntades constructivas.
¿Qué agenda para el PRI?
Juan-Pablo Calderón Patiño
Mayo, 2008
El artículo de Liebano Sáez, titulado Una agenda para el PRI, es tan nodal como provocador en el sentido de dejar una interrogante, que aunque plasma en el artículo, el autor deja de tarea principal al lector; ¿Qué agenda para el PRI? Sin duda, una tarea no inclusiva de las élites del partido, sino también un pendiente que urge resolver a la militancia más activa en el debate de las ideas que busca definir que partido se quiere en un México plural y en una sistema competitivo de elecciones. Se habla y no sin razón, de que la política interna en el partido ha transitado de las nociones federales a las realidades del entorno local. Es verdad. Ante la ausencia del titular del Ejecutivo que era también el jefe de partido, ese centro de poder se ha fragmentado en los 18 estados donde gobierna el PRI. No obstante, en las restantes entidades federativas, se supondría tener una mayor capacidad de maniobra interna en el partido, asunto comandado por liderazgos locales que en su mayoría tienen curules en el Legislativo Federal. La oposición del PRI en estados en los que no gobierna se lleva al escenario nacional como una realidad de su nueva etapa histórica, a la que llegó no sólo en el desempeñadero que fue perder dos veces consecutivas la Presidencia de la República. Sino también al hecho cuantitativo de menor porcentaje de votos en las últimas tres elecciones presidenciales. Hoy en día ser oposición no es una tarea resuelta en el PRI. Es verdad que el respeto y la confianza en el orden institucional, tarea llevada por tantas décadas en gobernar, es un baluarte en el PRI. Así se puede dar testimonio del comportamiento de los priistas en la instalación de la sesión para que el Presidente de la República tomara posesión. Otros ejemplos abundan, tal es el caso de su responsabilidad de aprobar en tiempo y forma desde el Legislativo, el Presupuesto de Egresos o reformas estructurales como la del ISSSTE. El alto nivel de votación de la ciudadanía hacia el PRI, frente a escenas de toma de tribuna o incapacidad de gestión política para desarticular conflictos en el gobierno federal, tiene que ver con esa vocación institucional al poder. No obstante, eso no diluye lo que Rafael Segovia retrata muy bien en torno a lo que como oposición debe velar como contrario y oposicionista por naturaleza. “La oposición tiene por función fundamental que oponerse a una política que tiene el poder”. El PRI no puede depender por mucho tiempo en continuar lo que el dicho popular llama en la expresión “nadar de a muertito” Las redefiniciones se deberán resolver con astucia e inteligencia en un debate ideológico que diga que ofrece el PRI a la ciudadanía, pero también cual es el programa contra su adversario histórico que es la derecha, hoy en el poder. Mencionar que el PRD es el contrincante a vencer, es lo mismo que hizo el PRI cuando siendo gobierno creyó que venciendo a la izquierda, tendría más fuerza. Lo único que posibilitó fue el viraje de un electorado para que la derecha llegara al poder en el 2000. El debate ideológico no sólo es la oportunidad para conquistar al electorado que hoy por hoy esta siendo presa de los extremos. Sino también para que el PRI tome posición unificada en asuntos que como el tema petrolero o el de redefinir que relación debe de haber con Estados Unidos, son de trascendencia nacional. Balcanizar, no sólo es polarización geográfica de un neocaudillismo regional. También tiene señas cuando el PRI no puede ser un ramillete suelto de posiciones políticas (y en su caso muy pocas ideológicas) que a veces pueden demostrar conductas, por parte de ciertos miembros, de colaboracionismo con el panismo en el poder. El colaboracionismo de algunos puede ser el final de la participación política de muchos intentos de refundar al partido histórico de México. Se habla que el debate no debe de tener señas de ideología, pero acaso ¿ideología no es también saber articular ideas para saber responder con un programa de acción consolidado? Giovanni Sartori ha escrito que la distinción entre la ideología en el saber y la ideología en la acción no es, necesariamente, una separación: existen problemas que afectan a ambas. ¿Cómo poder articular lo valioso de la experiencia en el oficio de la política con las nuevas formas de entender y hacer política? ¿Cómo saber vincular la herencia histórica con un nuevo andamiaje de las nuevas generaciones y por ende, de las nuevas temáticas que emergen no sólo en México sino también en la comunidad internacional? No es caer en dogmas ni en posiciones irreductibles. Es dar certeza a una política racional en la que la doctrina puede prevalecer sobre la práctica y los principios sobre los precedentes. La racionalidad política es y debe de seguir siendo empírica para que en combinación con el corredor realista pueda dilucidar que alcance y consecuencias tengan los medios para arribar a un fin y bien, para que la práctica política tenga interdependencia con una doctrina y base ideológica que se retroalimente a diario desde los ojos y visión de un nacionalismo, que no está puesto a debate en su existencia, sino en su evolución.
Liebano Sánz establece que el PRI debe privilegiar a las regiones y tiene razón más cuando el PRI es realmente el único partido con presencia nacional en cada región de una nación heterogénea. El debate ideológico debe de dar respuestas de ¿cómo vincular a las regiones? Para muchos el antídoto para demostrar que el PRI nacional, no entendido desde su Dirigencia en Insurgentes Norte, sino en su capacidad de partido federal, es una de sus mayores pertenencias y retos. En un país sumamente desigual donde cinco entidades federativas acumulan más de la mitad del PIB nacional, se debe posibilitar nuevos polos de desarrollo para así dar muestras de inclusión y lo mas importante, que cada estado sea participe de un desarrollo que compagine localidad-región y nación. La nueva realidad global plantea una especie de incongruencia, pero en suma una realidad; el Estado es el principal actor por su sostén político y de seguridad, pero dentro de él, las regiones son un capitulado especial con una mayor interdependencia. Dar respuestas a integración de regiones como el sureste mexicano o la cuenca del pacífico, es un requisito fundamental para que se descubran las posiciones de qué México se quiere en la globalización, además de subrayar sus responsabilidades y derechos como miembro de la comunidad de Estados. Cosas distintas, pero complementarias. Atajar ese camino sería no dar antídotos al florecimiento de figuras que por encima de visiones de conjunto, creen que son los únicos portadores del cambio que debe tener el partido. El partido en lugar de federalizarse se atrincheraría en estados con gobernador del PRI. Lejos de buscar la inserción de su estado y sumarse a una estrategia nacional, el delirio de poder unipersonal representaría un feudo político, y por consiguiente, una larva en el proceso democrático que debe cubrir a todo el territorio nacional. En la elección presidencial del 2006 no es un secreto a voces que más de un mandatario estatal emanado del PRI operó de alguna manera a favor del PAN. Se ha dicho hasta el cansancio que los gobernadores priistas habrían pasado de ser virreyes a reyes o recordando a Cosío Villegas cuando se refería al presidente omnipotente, un monarca sexenal. En el 2012 habrán pasado doce años de que el PRI “abandonó” el poder en lo formal. No obstante, hay dos vectores que deben ser estructura para dar fuerza a una nueva agenda. El primero de ellos dar respuestas de cómo sería el comportamiento, las líneas de entendimiento, la nueva forma de colaboración y articulación de los gobernadores del PRI con un Presidente de la República del mismo partido. Imposible regresar a los tiempos en los que el centralismo ponía o quitaba gobernadores a su antojo e intereses. Pero también riesgoso es sacrificar visiones nacionales por entidades localistas, incapacitados por un oprobioso interés de grupo, para reforzar a las regiones en un esfuerzo colectivo de superación permanente que es el Estado mexicano. El segundo reto o más bien realidad es saber que hacer si se gana la Presidencia de la República en el 2012. En la recepción del gobierno federal el nuevo presidente (fuera del PAN, del partido que fuera) se encontraría con una administración pública “colonizada” por Acción Nacional. Así fue el entuerto de una criticada ley de servicio profesional de carrera, que más que velar por una posición de Estado en el trabajo público, privilegia a los hombres de la derecha. Una de las riquezas del PRI fue encauzar en el aparato público a la profesionalización de muchos dirigentes políticos o bien, de auspiciar a técnicos en distintas ramas desde la agricultura al petróleo, de la diplomacia a las cuestiones hacendarías. Para el 2012 muchos hombres del partido que jugaron un papel en la administración pública del “viejo régimen” ya habrán pasado a jubilación o estarán en otras actividades. ¿Con quién se va a gobernar? ¿Con qué canales no sólo de profesionalidad sino de lealtad política se podrá hacer la tarea? No hay respuestas únicas, pero si realidades inminentes. El debate ideológico, la capacidad de hacer escuela de cuadros políticos, la identificación con sectores de la sociedad que no se sienten representados, la vinculación con causas sociales para dar certeza a acciones de políticas públicas, son un cauce que vincularía renovación generacional con refundación ideológica.
Se tiene que aprender que resultados en procesos electorales locales no pueden ser vistos con seguridad en elecciones federales. Son una buena aproximación, pero no se tiene asegurado el mismo resultado. De la misma manera, el flujo democrático federal debe de tener el mismo vínculo en la vida política en lo local, de lo contrario, las regresiones a formulas superadas (como el verticalismo o la personalización del poder) representarían crisis de credibilidad y espacio para la irresponsabilidad.
El maridaje del PRI en llevar un debate ideológico en el que la unidad esté verdaderamente cohesionada por un proyecto y no sólo por un conjunto de siglas para llegar al poder por el poder, debe reconfigurar los elementos que hoy por hoy debe tener todo partido político moderno que quiera contribuir a la gobernabilidad democrática. Ni la derecha le pertenece al partido que fue movilizador de masas en la otrora etapa histórica del corporativismo, ni la extrema izquierda es el camino. Dilucidar un polo ideológico es la capacidad de tejer una socialdemocracia a la mexicana, de mexicanos y para los mexicanos. Para los teóricos contemporáneos de los partidos políticos; las dimensiones electorales, los intereses de los afiliados, la organización de partido, el sistema de partidos y las instituciones públicas en general, formulación de políticas públicas e implementación de políticas públicas, son surcos en los que depende un partido fuerte en un contexto de construcción cotidiana de la democracia. Buscando nuevas herramientas, la reconstrucción del PRI, debe darse la obligación de que hacer con los resabios del viejo corporativismo que ya es incapaz de operar, dado cuenta de que ya no están los estímulos desde el poder y por consecuencia las organizaciones dejaron de ser aparatos electorales del régimen. La voz del partido fue del Estado dentro del Estado y fuera de esas instancias no había camino político. Ahora, la voz que busque ganar confianza, inclusión, debate y vías de movilización, es desde la sociedad para buscar la interlocución y el acercamiento con el Estado democrático, que en cada elección se pone a prueba el éxito o no de ese acercamiento y de la capacidad para operar en obras políticas de transformación las demandas de grupos tan diversos que van desde la comunidad académica, las minorías étnicas, los diversos grupos del sector empresarial, la juventud obrera, los campesinos, etc. Por más ardua que sea al interior la lucha política en el partido, está no debe de desconocer que elevar la democratización interna es reforzar en el exterior la confianza para realizar la gestoría que el partido debe de mantener los 365 días del año frente a los órganos del Estado.
El PRI tiene un voto duro muy importante, pero insuficiente para las victorias que deberá buscar. En la realidad del sistema de partidos, el priismo fue su artífice desde el gobierno a partir de la serie de reformas electorales que desde 1977 se instalaron con mayor fuerza. Si el PRI quiere tener una agenda parlamentaria que trascienda legislaturas y al mismo tiempo este encaminada a recuperar la presidencia, tiene que atender los vectores de formular políticas públicas para en su caso aplicarlas como gobierno y/o inspeccionarlas y sugerir si permanece en la oposición desde el Legislativo Federal. En ello, el debate ideológico tiene un instrumento no sólo para justificarse, sino para ser un partido constructivo y con guía segura que exilie improvisaciones.
Recobrar la credibilidad en el partido, no sólo como garante de representación político sino también de abrazar causas ciudadanas, pasa por la obligatoria necesidad de redefinir el compromiso de militancia, burocracia partidaria y políticos, por la construcción de un esquema que redefina una ética en dos vías; para arribar al poder y desde el poder. Abandonar esta discusión no abonaría la oportunidad para inventar un mecanismo donde los actores políticos que se ausentan del marco de la legalidad, paguen las consecuencias en solitario y ya no, es posiciones en las que se abusa de la estructura partidista y del compromiso para acrecentar parcelas de impunidad para interés unipersonales o de camarillas. La rendición de cuentas no sólo parte de la obligatoriedad de la legislación en las oportunidades cuando se es gobierno, también representa la ocasión para que dentro de los espacios de la militancia, la credibilidad sea baluarte de legitimidad de la dirigencia nacional, estatal o municipal. Perdurar fórmulas que secuestran al partido por comportamientos magros ilegales o por conductas en un reconocido déficit de ética de unos pocos, no sólo alejaría al PRI para tener un encuentro con las más diversas capas de la sociedad mexicana. También vulneraría ser el espacio para hacer política de quiénes han respetado la legalidad tanto al interior de la vida del partido como en sus propios actos, personales, o en su caso, políticos. Un talón de Aquiles de la vida social mexicana, que lo mismo toca al sector privado que al oficial, ha sido, más que la percepción, realidad en un sin fin de ocasiones. Es más redituable hacer fuera de la ley, que dentro de la ley. La ilegalidad convertida como medio se ha escabullido en varias batallas no sólo políticas sino también en el cotidiano de la vida de cualquier grupo de la sociedad.
¿Quién manejará la Agenda del PRI? Es cierto que se necesita una nueva generación de políticos profesionales, pero hay que detenerse para saber cual es el contexto de esas nuevas generaciones. El México que vio nacer a la generación de mexicanos en el último cuarto del siglo XX, no puede dejar de subrayar que pese a las grandes transformaciones de fin de siglo y de inicios del XXI en México y allende sus fronteras, es también la generación heredera de la suma de contrariedades, éxitos y puntos magros que rebasan a la posrevolución. Entender que esa generación es heredera de la Revolución Mexicana, la primera revolución social del orbe en el siglo pasado, puede confundir y dar espacio a mil lecturas, tan variantes como posiciones que levantarían pasiones en un debate nacional, que se quiera o no, la arrojaría para muchos un saldo de muchos vencidos y muy pocos ganadores. El debate encendido de esa generación puede tener un recato en su expresión, pero no en el recorrido demográfico de una generación que más que hijos, son los nietos y bisnietos de la Revolución Mexicana. La generación del último cuarto del siglo XX fue la que cuyos padres vieron el fruto de un país que por primera vez en su historia, la estabilidad social y el crecimiento, parecían ir en la misma vía. Así lo suponía el crecimiento en términos reales de la economía mexicana que creció a un ritmo sostenido de 6.4% y un PIB per capita a razón del 3.2%. Las generaciones que escapen a la inmovilidad y sean concientes de su responsabilidad histórica, tendrán abierto el camino, aunque algunos no pocos, intenten cerrar el camino. La agenda es también reposicionar al Estado Laico y dar una nueva fórmula que en un contexto globalizador debe de dar cuenta para que es la riqueza nacional y como redistribuir el ingreso en la sociedad. El México histórico y el papel que le espera resolver en el futuro, no puede estar en una escala indefinida, como tampoco en la inacción ni en la desfragmentación de voluntades constructivas.
viernes, 12 de junio de 2009
PRI: Renovación o aletargarse
Juan-Pablo Calderón Patiño
PRI: Renovación o aletargarse
Las listas plurinominales para el Congreso no son cosa menor en cualquier partido político. Pero en el PRI configuran el camino entre la renovación y el letargo. No es para menos, para quién tuvo el poder durante setenta años. Algunos priistas apelan a buscar verdaderas fórmulas para ser un partido competitivo en el proceso de la democracia mexicana, no obstante, hay nubarrones que lejos de ser de contrincantes políticos en el exterior (los demás partidos), hay enemigos dentro del propio PRI que se oponen a eso. Las listas plurinominales combinan una serie de demostraciones o expresiones: son refugio, laberinto de la alquimia para seguir en el presupuesto, premio de consolación, en menor escala oportunidad para nuevas ideas y liderazgos auténticos, viejas posiciones, improvisados protegidos y espacios para el fuero. Todas se entremezclan entre la confianza o la decepción.
Una posición legislativa nunca puede ser un fin. Ante todo es un medio, que posibilita participar en el andamiaje de una sociedad en transformación. Una curul debería de ser la oportunidad para estar en la primera línea de batalla de las ideas transformadoras que exige México. No para ser refugio de personajes que ya tuvieron su lugar y cuya petición a buscar un lugar, huele más a creer que sobrevivirán políticamente, que a contribuir a un PRI que entienda que es imposible vivir de glorias pasadas el siglo XXI.
La antesala por la legítima competencia por el poder a través de los canales institucionales, tiene su sede en la vida interna de cualquier partido. En el PRI hay una batalla que pocos reconocen y que está traducida en la lucha del ayer con la del inmediatismo del presente por el presente. ¿Dónde queda el futuro? ¿El reconocimiento a la necesidad de ver que este país cambió?
Una parte de la nueva generación de políticos priistas reconoce las luces que el PRI cosecho con orgullo; pero que también combate las prácticas que no tienen sentido y que laceran la confianza en nuestro instituto político, además de ser improductivas, costosas y aburridas. Sólo hay que ver que los grandes mítines del ayer ya no tienen validez a la hora de emitir el sufragio, como también empieza a dejar de tener validez las cuotas de votos que los diversos sectores ofrecían. El corporativismo añejo esta derruido. El ciudadano es el baluarte de esta competida democracia que no se agota en la elección, sino en su quehacer cotidiano. El PRI necesita la redefinición de esquemas de defensa grupal, sin la atadura que hoy representan varios sectores del viejo corporativismo. Aplazar eso, es abrir la puerta para minar más los intentos de construir un nuevo sindicalismo y más que para defender los legítimos intereses de diversos grupos obreros, campesinos y populares. La realidad desviste que es para proteger cuotas de poder de muy pocos. De seguir así las escisiones serán mayores y otros partidos reunificarán, ya no a corporativismos. -la democracia mexicana está teniendo anticuerpos para eso -, pero si a nuevas estructuras de un sindicalismo moderno y libre, de acuerdo a la competitividad del sistema de partidos.
El PRI empieza a hacer un partido político auténtico. Muchos al interior cuestionarán eso y dirán que es el partido heredero de la primera revolución del siglo XX. Es verdad lo segundo, pero jamás fue un partido desde el momento de su creación. Un partido político nace dentro de la sociedad, aquí y en cualquier democracia, para que, arropado bajo un código de ética y un programa político, busque la legítima y ordenada toma del poder. El PNR, abuelo del PRI, nació dentro del poder para conservar el poder. Es por ello que el sistema político mexicano es atípico y es imposible encasillarlo en los modelos típicos de la política comparada. Hoy, el PRI, debe de buscar la competitividad en este sistema político, que no sólo tuvo que optar por la apertura, ante la legítima voz de la oposición, sino también para demostrar que en esta nueva etapa histórica se puede ganar y combinar los resultados electorales con lo mejor de su experiencia.
El PRI es una extraordinaria maquinaria electoral y fue una excelente agencia de colocaciones. Si de verdad el PRI quiere sobrevivir, no sólo es necesaria una transfusión de sangre nueva, de renovación de pies a cabeza, de búsqueda de legitimidad, sino también de afianzar el trabajo de partido y ese trabajo no termina en las urnas. Los 365 días del año son para ganar la confianza del ciudadano y para ser un actor central de una gobernabilidad que merece los apellidos de democrática, soberana y eficiente.
El PRI tiene que mandar una señal clara a la ciudadanía para recuperar la confianza. Tiene que derribar viejos esquemas del pasado, como cuando se premiaban con diputaciones y senadurías a personajes que sólo fueron legisladores por nombramiento y nunca en la acción, en la tribuna y en su quehacer legislativo, siempre refugiado en la complacencia. Ante un Congreso verdadero, ese esquema ya no opera y si se cree que sí, bastará ver la elección intermedia del 2009 para ver que los mexicanos repugnan legisladores que no estén a la altura de los retos nacionales. Habrá espacios si hay listas más incluyentes con la amplia diversidad del priismo. De lo contrario, que nadie se sorprenda del resultado. Si se busca dirimir espacios internos de poder como ayer se operaba, sólo habrá más desánimo ante una sociedad que ve una lucha de “los de siempre”, en la juniorcracia y en una constante y ascendente fuerza del dinero. Si hay priistas con ánimos de renovación, no les quedará decir que si existen, pero que no los quieren. Entre pena ajena y risas, el ciudadano sin militancia, pero que vota y que al final marca el resultado, ve como el partido se balcaniza en una desconexión entre el PRI nacional y los reductos locales. Fuera de las listas, en la elección de mayoría, pensar que se manda a candidatos a perder porque se les ha de dar la misma agua que dieron a beber, es sinónimo de irresponsabilidad porque lejos de que se busque la renovación del partido, se busca venganza personal a costa del PRI y lejos de ser un partido que suma e incluya salen a flote oprobiosas facciones. Ello sólo desnuda lo que los especialistas no se han cansado de decir: el PRI de ser un partido nacional está pasando gradualmente a ser un partido localista, que no encontró en estos últimos seis años una fórmula para dirimir controversias internas sin el priista mayor, el Presidente de la República. La balcanización del partido, enmarcada en una falsa lectura del federalismo, se está dando en algunos estados donde el PRI es gobierno. De prolongarse esto, el PRI estaría retrocediendo 75 años, cuando justo Plutarco Elías Calles, fijó los propósitos en acabar con el caudillismo local y abrir paso a la institucionalización con proyección nacional.
Cuando el PRI perdió el poder, la Población Económicamente Activa que en 2000 era de 42 millones de personas, pasará a 60 millones en 2020 y llegará a 65.2 millones en 2050, Anualmente cerca de medio millón de mexicanos intenta cruzar hacia el vecino del Norte, con quién, independientemente del tema migratorio no se ha sabido tener una relación de Estado. En otro sentido, somos un país con una diminuta recaudación fiscal, (la más baja de un país emergente) y sin reformas estructurales, algo que más allá de Vicente Fox, México reclama con urgencia. ¿Qué vamos a hacer en el futuro con el sistema de pensiones? ¿Como aprovecharemos el bono demográfico y cual es la ruta para que seamos más competitivos frente al mundo? Los priistas deben de tener respuestas a estas prioridades y no a gastar la energía dirimiendo espacios en las listas plurinominales para “los de siempre”, para los improvisados protegidos y para los que no se cansan en recordar el ayer y padecen de autismo en el presente.
El PRI no ha de desaparecer en el corto plazo, como dió a entender el candidato Madrazo si él perdía. Pero, si no toma conciencia de la renovación y la refundación, entrará en un letargo, palabra que la Real Academia Española, define como “El Síntoma de varias enfermedades nerviosas, infecciosas o tóxicas, caracterizado por un estado de somnolencia profunda y prolongada”. Y ese letargo, “con los de siempre” será el tránsito, entonces si, a una lenta desaparición que apagará la última vela donde se amparaba en los rincones de México. Por eso, es clave que la militancia recupere la autocrítica y con ello recuperar confianza, levantar la voz para contestar cómo México debe tener una democracia efectiva y no vacía. ¿Se cree que los jóvenes sin partido y con vocación política y de servicio pueden ingresar a las filas del priismo cuando se cierran espacios y no hay nuevas formulas de participación? Las complacencias no riman ni en la democracia interna del partido, ni en la exterior. Nunca como antes es el tiempo de las definiciones en el PRI. Una actitud complaciente con “los de siempre” y con la juniorcracia, tan renuente a competir con equidad, es una irresponsabilidad que mas temprano que tarde habrán de pagar los priistas ante el veredicto de los electores. Primero, a los que criticaron la Alianza con el Partido Verde, con el partido mercenario que ayer fue aliado de la derecha, que después se va y ahora hace una alianza con el partido que fue su contrincante en el 2000, se les dijo que sólo así ganarían. Para nadie es extraño que ni se elevaron las preferencias electorales y que se está pagando un costo mayor. Las generaciones del PRI identificadas con la apertura tienen una tarea que hacer para demostrar que la renovación es el camino y no el letargo y las actitudes sumisas. Las ideas de transformación están en el PRI, basta ver los diversos foros temáticos que ilustran el valor de la idea y las respuestas a los retos que México tiene. No obstante, estarían trabadas diversas conclusiones que podría convertirse en políticas públicas, si no hay debate y si son hechas a un lado. Los que quieren tener respuestas para un PRI vigoroso y con visión de Estado, no se pueden callar para decir: “aquí no pasa nada, todo está bien”.
PRI: Renovación o aletargarse
Las listas plurinominales para el Congreso no son cosa menor en cualquier partido político. Pero en el PRI configuran el camino entre la renovación y el letargo. No es para menos, para quién tuvo el poder durante setenta años. Algunos priistas apelan a buscar verdaderas fórmulas para ser un partido competitivo en el proceso de la democracia mexicana, no obstante, hay nubarrones que lejos de ser de contrincantes políticos en el exterior (los demás partidos), hay enemigos dentro del propio PRI que se oponen a eso. Las listas plurinominales combinan una serie de demostraciones o expresiones: son refugio, laberinto de la alquimia para seguir en el presupuesto, premio de consolación, en menor escala oportunidad para nuevas ideas y liderazgos auténticos, viejas posiciones, improvisados protegidos y espacios para el fuero. Todas se entremezclan entre la confianza o la decepción.
Una posición legislativa nunca puede ser un fin. Ante todo es un medio, que posibilita participar en el andamiaje de una sociedad en transformación. Una curul debería de ser la oportunidad para estar en la primera línea de batalla de las ideas transformadoras que exige México. No para ser refugio de personajes que ya tuvieron su lugar y cuya petición a buscar un lugar, huele más a creer que sobrevivirán políticamente, que a contribuir a un PRI que entienda que es imposible vivir de glorias pasadas el siglo XXI.
La antesala por la legítima competencia por el poder a través de los canales institucionales, tiene su sede en la vida interna de cualquier partido. En el PRI hay una batalla que pocos reconocen y que está traducida en la lucha del ayer con la del inmediatismo del presente por el presente. ¿Dónde queda el futuro? ¿El reconocimiento a la necesidad de ver que este país cambió?
Una parte de la nueva generación de políticos priistas reconoce las luces que el PRI cosecho con orgullo; pero que también combate las prácticas que no tienen sentido y que laceran la confianza en nuestro instituto político, además de ser improductivas, costosas y aburridas. Sólo hay que ver que los grandes mítines del ayer ya no tienen validez a la hora de emitir el sufragio, como también empieza a dejar de tener validez las cuotas de votos que los diversos sectores ofrecían. El corporativismo añejo esta derruido. El ciudadano es el baluarte de esta competida democracia que no se agota en la elección, sino en su quehacer cotidiano. El PRI necesita la redefinición de esquemas de defensa grupal, sin la atadura que hoy representan varios sectores del viejo corporativismo. Aplazar eso, es abrir la puerta para minar más los intentos de construir un nuevo sindicalismo y más que para defender los legítimos intereses de diversos grupos obreros, campesinos y populares. La realidad desviste que es para proteger cuotas de poder de muy pocos. De seguir así las escisiones serán mayores y otros partidos reunificarán, ya no a corporativismos. -la democracia mexicana está teniendo anticuerpos para eso -, pero si a nuevas estructuras de un sindicalismo moderno y libre, de acuerdo a la competitividad del sistema de partidos.
El PRI empieza a hacer un partido político auténtico. Muchos al interior cuestionarán eso y dirán que es el partido heredero de la primera revolución del siglo XX. Es verdad lo segundo, pero jamás fue un partido desde el momento de su creación. Un partido político nace dentro de la sociedad, aquí y en cualquier democracia, para que, arropado bajo un código de ética y un programa político, busque la legítima y ordenada toma del poder. El PNR, abuelo del PRI, nació dentro del poder para conservar el poder. Es por ello que el sistema político mexicano es atípico y es imposible encasillarlo en los modelos típicos de la política comparada. Hoy, el PRI, debe de buscar la competitividad en este sistema político, que no sólo tuvo que optar por la apertura, ante la legítima voz de la oposición, sino también para demostrar que en esta nueva etapa histórica se puede ganar y combinar los resultados electorales con lo mejor de su experiencia.
El PRI es una extraordinaria maquinaria electoral y fue una excelente agencia de colocaciones. Si de verdad el PRI quiere sobrevivir, no sólo es necesaria una transfusión de sangre nueva, de renovación de pies a cabeza, de búsqueda de legitimidad, sino también de afianzar el trabajo de partido y ese trabajo no termina en las urnas. Los 365 días del año son para ganar la confianza del ciudadano y para ser un actor central de una gobernabilidad que merece los apellidos de democrática, soberana y eficiente.
El PRI tiene que mandar una señal clara a la ciudadanía para recuperar la confianza. Tiene que derribar viejos esquemas del pasado, como cuando se premiaban con diputaciones y senadurías a personajes que sólo fueron legisladores por nombramiento y nunca en la acción, en la tribuna y en su quehacer legislativo, siempre refugiado en la complacencia. Ante un Congreso verdadero, ese esquema ya no opera y si se cree que sí, bastará ver la elección intermedia del 2009 para ver que los mexicanos repugnan legisladores que no estén a la altura de los retos nacionales. Habrá espacios si hay listas más incluyentes con la amplia diversidad del priismo. De lo contrario, que nadie se sorprenda del resultado. Si se busca dirimir espacios internos de poder como ayer se operaba, sólo habrá más desánimo ante una sociedad que ve una lucha de “los de siempre”, en la juniorcracia y en una constante y ascendente fuerza del dinero. Si hay priistas con ánimos de renovación, no les quedará decir que si existen, pero que no los quieren. Entre pena ajena y risas, el ciudadano sin militancia, pero que vota y que al final marca el resultado, ve como el partido se balcaniza en una desconexión entre el PRI nacional y los reductos locales. Fuera de las listas, en la elección de mayoría, pensar que se manda a candidatos a perder porque se les ha de dar la misma agua que dieron a beber, es sinónimo de irresponsabilidad porque lejos de que se busque la renovación del partido, se busca venganza personal a costa del PRI y lejos de ser un partido que suma e incluya salen a flote oprobiosas facciones. Ello sólo desnuda lo que los especialistas no se han cansado de decir: el PRI de ser un partido nacional está pasando gradualmente a ser un partido localista, que no encontró en estos últimos seis años una fórmula para dirimir controversias internas sin el priista mayor, el Presidente de la República. La balcanización del partido, enmarcada en una falsa lectura del federalismo, se está dando en algunos estados donde el PRI es gobierno. De prolongarse esto, el PRI estaría retrocediendo 75 años, cuando justo Plutarco Elías Calles, fijó los propósitos en acabar con el caudillismo local y abrir paso a la institucionalización con proyección nacional.
Cuando el PRI perdió el poder, la Población Económicamente Activa que en 2000 era de 42 millones de personas, pasará a 60 millones en 2020 y llegará a 65.2 millones en 2050, Anualmente cerca de medio millón de mexicanos intenta cruzar hacia el vecino del Norte, con quién, independientemente del tema migratorio no se ha sabido tener una relación de Estado. En otro sentido, somos un país con una diminuta recaudación fiscal, (la más baja de un país emergente) y sin reformas estructurales, algo que más allá de Vicente Fox, México reclama con urgencia. ¿Qué vamos a hacer en el futuro con el sistema de pensiones? ¿Como aprovecharemos el bono demográfico y cual es la ruta para que seamos más competitivos frente al mundo? Los priistas deben de tener respuestas a estas prioridades y no a gastar la energía dirimiendo espacios en las listas plurinominales para “los de siempre”, para los improvisados protegidos y para los que no se cansan en recordar el ayer y padecen de autismo en el presente.
El PRI no ha de desaparecer en el corto plazo, como dió a entender el candidato Madrazo si él perdía. Pero, si no toma conciencia de la renovación y la refundación, entrará en un letargo, palabra que la Real Academia Española, define como “El Síntoma de varias enfermedades nerviosas, infecciosas o tóxicas, caracterizado por un estado de somnolencia profunda y prolongada”. Y ese letargo, “con los de siempre” será el tránsito, entonces si, a una lenta desaparición que apagará la última vela donde se amparaba en los rincones de México. Por eso, es clave que la militancia recupere la autocrítica y con ello recuperar confianza, levantar la voz para contestar cómo México debe tener una democracia efectiva y no vacía. ¿Se cree que los jóvenes sin partido y con vocación política y de servicio pueden ingresar a las filas del priismo cuando se cierran espacios y no hay nuevas formulas de participación? Las complacencias no riman ni en la democracia interna del partido, ni en la exterior. Nunca como antes es el tiempo de las definiciones en el PRI. Una actitud complaciente con “los de siempre” y con la juniorcracia, tan renuente a competir con equidad, es una irresponsabilidad que mas temprano que tarde habrán de pagar los priistas ante el veredicto de los electores. Primero, a los que criticaron la Alianza con el Partido Verde, con el partido mercenario que ayer fue aliado de la derecha, que después se va y ahora hace una alianza con el partido que fue su contrincante en el 2000, se les dijo que sólo así ganarían. Para nadie es extraño que ni se elevaron las preferencias electorales y que se está pagando un costo mayor. Las generaciones del PRI identificadas con la apertura tienen una tarea que hacer para demostrar que la renovación es el camino y no el letargo y las actitudes sumisas. Las ideas de transformación están en el PRI, basta ver los diversos foros temáticos que ilustran el valor de la idea y las respuestas a los retos que México tiene. No obstante, estarían trabadas diversas conclusiones que podría convertirse en políticas públicas, si no hay debate y si son hechas a un lado. Los que quieren tener respuestas para un PRI vigoroso y con visión de Estado, no se pueden callar para decir: “aquí no pasa nada, todo está bien”.
jueves, 11 de junio de 2009
PRI, la renovación no basta
PRI, la renovación no basta
Juan-Pablo Calderón Patiño
Las palabras deben de ser para dar pasos irreversibles
Carlos Pellicer
Por doquier se habla entre priistas, o en los ciudadanos apartidistas, que reconocen en el PRI un partido histórico con un manto de luces y sombras, que es la hora de la renovación del instituto político. Tal vez, el partido con más décadas en el poder en un sistema político. ¿Qué es la renovación? Es buscar algo nuevo que supla a lo anterior. Esa renovación es viable en otra lectura y realidad política. Ante el desastre de los resultados de la elección, la más dura lección del ciudadano para cualquier partido, pero en especial para el PRI que bajó a ser la tercera fuerza política. No merece una simplona renovación. Eso aplica nada más en la renovación de una dirigencia autista e invisible en el debate nacional, que no se acaba en el recoveco del conflicto postelectoral. El PRI no ha tenido eco en gran parte de sus dirigentes, pero si en su militancia, en que no basta la renovación. No basta porque no se ha querido comprender que el partido heredero del liberalismo y de la revolución mexicana, nada menos, merezca una transición a su cuarta etapa histórica. Las que antecedieron desde su creación en 1929 en el Partido Nacional Revolucionario, después en 1938 en Partido de la Revolución Mexicana y durante la campaña alemanista, al Partido Revolucionario Institucional. Esas etapas tenían como eje una transformación desde su célula que anunciaba su reacomodo en el sistema político y en consecuencia, en su operabilidad. El Presidente Lázaro Cárdenas, ratificaba la vocación revolucionaria de un partido que la explayó en el nuevo sistema político del siglo XX de la mano de un presidencialismo, eje de la vida política. Los sectores eran un instrumento de legitimación de poder, pero sobre todo, fueron los cuerpos que posibilitaron ser parte de la inclusión política de diversos grupos y en consecuencia, del proceso de dar soluciones a sus diversas demandas. La capacidad de transitar a una nueva etapa histórica en donde por primera vez, los civiles serían los responsables del quehacer político. En conjunto con abrir una nueva era de crecimiento para un país que se reconstruía, hacia viable lo que se denominó Revolucionario Institucional. Después de la derrota del 2000 y con una acelerada disminución de las elecciones federales y locales desde 1988, que se refuerza en 1997 cuando por primera vez el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados. El partido con mayor presencia en cada rincón de la geografía nacional, no ha podido detener la caída de votos. Miguel de la Madrid sería el último presidente del Revolucionario en obtener un 71.63% de la votación. Después, la caída no ha tenido freno. Carlos Salinas inaugura los “mínimos” y con un controvertido 51.22% (9, 687, 926 votos) gana y sus reformas constitucionales reclamaban en el Congreso el necesario apoyo de Acción Nacional para contar con las mayorías legales parlamentarias para lograr los cambios. En 1994, Ernesto Zedillo obtiene el triunfo con el 50.55% (17, 181, 651 votos). En el 2000, la derrota presidencial con 36.1% (13, 579, 718 votos), muestra un PRI en franco deterioro electoral. No obstante, el resultado de la última elección presidencial, el candidato Roberto Madrazo logra un 22.26% (9, 301,441 votos) que ubica al PRI en su peor etapa histórica. Desde 1988, pero en especial la elección del 2000 cuando se da por primera vez la derrota presidencial, se demuestra el desahogo de la población con el PRI. Para muchos priistas no sólo ubicaron como responsable al candidato del momento, sino también la supuesta “traición” de Ernesto Zedillo de haber entregado el poder al ganador Vicente Fox. Esos priistas han demostrado en esos falsos culpables no sólo su ausencia de responsabilidad histórica, en la que prefieren aferrarse a la verticalidad de los viejos tiempos, que a la transformación demócrata que exige una nueva realidad política, sino también su corresponsabilidad en la derrota. Rebasando a la serie de magros errores y tropiezos del PRI que rebasaban al período salinista, el del “villano favorito”, el partido ha pagado con creces sus carestías, puntos magros y sus propias contradicciones. El traspaso del último presidente de la revolución, como se autodefinía López Portillo hacia una nueva clase dirigente con una venia tecnocrática, fue el abono para descubrir a un PRI sin el menor cobijo ideológico o por lo menos de congruencia con sus principios y las acciones que se alejaban de los clásicos apoyos populares e históricos del priismo nacional. El liberalismo social de Carlos Salinas más que vestir al PRI con un nuevo marco ideológico, fue un referente para los intereses salinistas, no para un partido que empezaba a decirle adiós a la figura de partido hegemónico.
La crisis del PRI, es respuesta no sólo a la serie de flacos comportamientos y acciones de diversos militantes en el poder y de su progresivo alejamiento al reclamo popular de las causas de la mayoría, cuestión que infundió una mística especial al PRI. Gran parte de la actual crisis, se debió a que no existieron espacios al interior del partido para contestar dos interrogantes ¿Porqué perdió el PRI la presidencia de la república? y ¿Qué podemos hacer para que no vuelva a perder el partido? En lugar de eso, se marginó a cualquier grupo que intentara encontrar esas respuestas y se refugio el partido en la muy corta visión de los procesos electorales estatales, en la renovación de la Cámara de Diputados en el 2003 y en el secuestro anunciado de la candidatura presidencial. No se vio la necesidad de ganar los procesos electorales de la mano de la respuesta de esas preguntas. Los espejismos que ponían la fuerza del PRI como el partido con mas votos ganados después del 2 de julio del 2000, fueron eso, espejismos. No más quimeras, para lo que único que fueron capaces, fue para demostrar que la mayoría de la ciudadanía no otorgaba un voto de confianza en el viejo partido, sino ahora, al revés, como un voto como castigo al PAN, partido en el poder. Nunca se entendió esa dinámica real. Incluso si bien ganaba el PRI en una gran mayoría de estados, muchos de relevancia histórica como Veracruz y Oaxaca, se daba cuenta pero sin hacer conciencia de que ganaba siendo un partido minoritario si se juntaban las votaciones de sus rivales (un fenómeno a la inversa de la realidad nacional en la Presidencia de la República, cuando Fox ganando con el voto de 4 de 10 electores, es un presidente de minorías). Ambas elecciones, demuestran el fin para los otrora estados “reservas de votos”, pero también ambos estados mandan otro mensaje contundente: en Oaxaca, el candidato respaldado en una coalición, Gabino Cué, era un expriista muy allegado a un exgobernador oaxaqueño priista. En Veracruz, si bien el segundo lugar fue un panista, el tercer lugar encabezado por el expriista Dante Delgado fue clave para la victoria de Fidel Herrera. De no haber sido candidato Delgado, la historia pudo ser otra para el PRI. Ambos ejemplos en conjunto con casos como Ricardo Monreal en Zacatecas, Sánchez Anaya en Tlaxcala, Leonel Cota en Baja California Sur, Salazar Mendiguchía en Chiapas, entre otros, son muestra rotunda de que el PRI está perdiendo batallas externas por una democracia simulada al interior de sus procesos de elección de candidatos. Si en el PRI, como instrumento de contrapesos de poderes y donde la inclusión y la riqueza de una militancia heterogénea brindaban los vectores para hacer política. Hoy, ante la orfandad del primer priista de la nación, encarnado en el presidente de la república, se ha atomizado las decisiones de manera desordenada y lamentablemente, más en forma de cacicazgos estatales, que en instrumentos eficientes de rotación de grupos internos. El cambio de ruta de Los Pinos hacia 17 gobernadores y en ocasiones en la sede nacional del PRI, no ha sido para inventar nuevos procesos de legitimación y de candidaturas con una amalgama con el partido y con sus planes de proyección nacional. En definitiva, han arrinconado al PRI a decisiones de grupo y no a los intereses de partido. Bajo las siglas históricas del partido, hay una sequía de imaginación y de voluntad política para emprender paso a una democracia interna real.
El PRI actual esta danzando en el limbo, amarrado por una renovación cosmética y por las contradicciones de su pasado y presente. Si el mensaje de las urnas aún no se ha digerido, por más que prevalezcan fiestas de partido elocuentes, pero huérfanas en responsabilidad política, hay dos caminos paralelos no sólo para la sobrevivencia del partido, que entrañaría una vacía renovación como muchos la entienden, sino también para volver a ser un arquitecto del destino nacional. Uno es la renovación generacional, el otro, es la refundación del PRI. Ambos son complementarios y no pueden ir en rutas separadas. ¿De que valdría un relevo generacional si existen las viciadas prácticas de antaño y no existiera una nueva oferta política? ¿De verdad se cree que la actual clase política –con mínimas excepciones- priista, puede realizar una transformación en un punto ideológico si no sólo es capaz de entender los nuevos tiempos y sigue haciendo política ante un sistema político agotado?
Los priistas no pueden volver al enfrentamiento con espejismos. Si hay todavía 17 gobernadores de extracción priista, está fuerza real no puede posibilitar por si misma, aunque en ella se concentre la mitad del PIB nacional, una divisa fundamental para el partido si no hay un nuevo compromiso de los mandatarios con la renovación generacional y la refundación del PRI. Un prerrequisito clave para ello será desmanchar y hablar con el peso de la verdad en los casos donde la lealtad de partido, fue hecha a un lado para privilegiar la operación hacia el candidato de derecha. De no retejer la confianza y si no hay muestras claves para dispersar la verticalidad en 17 gobernadores cerrando el espacio a los intereses del priismo, muy poco se podrá hacer. La balcanización habrá llegado y más disperso ideológicamente será el PRI. El costo de una unidad ficticia y hueca será el principio del fin. El gran ganador, la derecha y los grupos ultraconservadores. El primer perdedor, el PRI y el principal perdedor, el sistema de partidos que ve como se despinta una posibilidad no sólo de contrapesos sino de opción ideológica.
El trabajo de la renovación generacional, tiene una encomendable labor que demostrar. Primero, la juventud del partido no tiene porque pagar los platos rotos de los errores de los mayores. Ante una cada vez menor militancia incrustada en la burocracia gubernamental, el cambio generacional por primera vez esta dentro del partido mismo y eso es un plus que hay que apoyar como condición de desarrollo. Segundo, se compile los grandes errores y fracasos, pero también los aciertos del priismo histórico. Así se podrá abrir la puerta a una reconciliación con la nación, que al mismo tiempo sea condición, por medio de una nueva oferta política de reencuentro con la sociedad. El atributo más sabio será el de ser una opción genuina y libre de ataduras de polos de derecha e izquierda intransigentes, pero si en una especie de socialdemocracia a la mexicana. Ejemplo de regionalizar a la socialdemocracia, lo representa Brasil en una fórmula de Brasil para Brasil y libre de mandamientos externos que no son aplicables a las realidades sociales de ese país. En la misma ruta, el PRI si fue creador de un sistema político en el siglo XX, deberá desde la oposición y especialmente desde el Legislativo, convertirse en catalizador para idear un nuevo régimen que tenga como premisas la gobernabilidad democrática y la capacidad de acuerdos. Un logro así sería muestra del eje de renovación generacional y refundación para que el PRI vuelva a ser un actor de primer orden. Los priistas que creemos en ello, no debemos tener excusa en mencionar que hoy, ya no la historia, sino nosotros mismos nos hemos privado, cruelmente, de la posibilidad de aprender a ser demócratas, como recordaba Octavio Paz.
San José Insurgentes, Ciudad de México. Septiembre, 2006.
Juan-Pablo Calderón Patiño
Las palabras deben de ser para dar pasos irreversibles
Carlos Pellicer
Por doquier se habla entre priistas, o en los ciudadanos apartidistas, que reconocen en el PRI un partido histórico con un manto de luces y sombras, que es la hora de la renovación del instituto político. Tal vez, el partido con más décadas en el poder en un sistema político. ¿Qué es la renovación? Es buscar algo nuevo que supla a lo anterior. Esa renovación es viable en otra lectura y realidad política. Ante el desastre de los resultados de la elección, la más dura lección del ciudadano para cualquier partido, pero en especial para el PRI que bajó a ser la tercera fuerza política. No merece una simplona renovación. Eso aplica nada más en la renovación de una dirigencia autista e invisible en el debate nacional, que no se acaba en el recoveco del conflicto postelectoral. El PRI no ha tenido eco en gran parte de sus dirigentes, pero si en su militancia, en que no basta la renovación. No basta porque no se ha querido comprender que el partido heredero del liberalismo y de la revolución mexicana, nada menos, merezca una transición a su cuarta etapa histórica. Las que antecedieron desde su creación en 1929 en el Partido Nacional Revolucionario, después en 1938 en Partido de la Revolución Mexicana y durante la campaña alemanista, al Partido Revolucionario Institucional. Esas etapas tenían como eje una transformación desde su célula que anunciaba su reacomodo en el sistema político y en consecuencia, en su operabilidad. El Presidente Lázaro Cárdenas, ratificaba la vocación revolucionaria de un partido que la explayó en el nuevo sistema político del siglo XX de la mano de un presidencialismo, eje de la vida política. Los sectores eran un instrumento de legitimación de poder, pero sobre todo, fueron los cuerpos que posibilitaron ser parte de la inclusión política de diversos grupos y en consecuencia, del proceso de dar soluciones a sus diversas demandas. La capacidad de transitar a una nueva etapa histórica en donde por primera vez, los civiles serían los responsables del quehacer político. En conjunto con abrir una nueva era de crecimiento para un país que se reconstruía, hacia viable lo que se denominó Revolucionario Institucional. Después de la derrota del 2000 y con una acelerada disminución de las elecciones federales y locales desde 1988, que se refuerza en 1997 cuando por primera vez el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados. El partido con mayor presencia en cada rincón de la geografía nacional, no ha podido detener la caída de votos. Miguel de la Madrid sería el último presidente del Revolucionario en obtener un 71.63% de la votación. Después, la caída no ha tenido freno. Carlos Salinas inaugura los “mínimos” y con un controvertido 51.22% (9, 687, 926 votos) gana y sus reformas constitucionales reclamaban en el Congreso el necesario apoyo de Acción Nacional para contar con las mayorías legales parlamentarias para lograr los cambios. En 1994, Ernesto Zedillo obtiene el triunfo con el 50.55% (17, 181, 651 votos). En el 2000, la derrota presidencial con 36.1% (13, 579, 718 votos), muestra un PRI en franco deterioro electoral. No obstante, el resultado de la última elección presidencial, el candidato Roberto Madrazo logra un 22.26% (9, 301,441 votos) que ubica al PRI en su peor etapa histórica. Desde 1988, pero en especial la elección del 2000 cuando se da por primera vez la derrota presidencial, se demuestra el desahogo de la población con el PRI. Para muchos priistas no sólo ubicaron como responsable al candidato del momento, sino también la supuesta “traición” de Ernesto Zedillo de haber entregado el poder al ganador Vicente Fox. Esos priistas han demostrado en esos falsos culpables no sólo su ausencia de responsabilidad histórica, en la que prefieren aferrarse a la verticalidad de los viejos tiempos, que a la transformación demócrata que exige una nueva realidad política, sino también su corresponsabilidad en la derrota. Rebasando a la serie de magros errores y tropiezos del PRI que rebasaban al período salinista, el del “villano favorito”, el partido ha pagado con creces sus carestías, puntos magros y sus propias contradicciones. El traspaso del último presidente de la revolución, como se autodefinía López Portillo hacia una nueva clase dirigente con una venia tecnocrática, fue el abono para descubrir a un PRI sin el menor cobijo ideológico o por lo menos de congruencia con sus principios y las acciones que se alejaban de los clásicos apoyos populares e históricos del priismo nacional. El liberalismo social de Carlos Salinas más que vestir al PRI con un nuevo marco ideológico, fue un referente para los intereses salinistas, no para un partido que empezaba a decirle adiós a la figura de partido hegemónico.
La crisis del PRI, es respuesta no sólo a la serie de flacos comportamientos y acciones de diversos militantes en el poder y de su progresivo alejamiento al reclamo popular de las causas de la mayoría, cuestión que infundió una mística especial al PRI. Gran parte de la actual crisis, se debió a que no existieron espacios al interior del partido para contestar dos interrogantes ¿Porqué perdió el PRI la presidencia de la república? y ¿Qué podemos hacer para que no vuelva a perder el partido? En lugar de eso, se marginó a cualquier grupo que intentara encontrar esas respuestas y se refugio el partido en la muy corta visión de los procesos electorales estatales, en la renovación de la Cámara de Diputados en el 2003 y en el secuestro anunciado de la candidatura presidencial. No se vio la necesidad de ganar los procesos electorales de la mano de la respuesta de esas preguntas. Los espejismos que ponían la fuerza del PRI como el partido con mas votos ganados después del 2 de julio del 2000, fueron eso, espejismos. No más quimeras, para lo que único que fueron capaces, fue para demostrar que la mayoría de la ciudadanía no otorgaba un voto de confianza en el viejo partido, sino ahora, al revés, como un voto como castigo al PAN, partido en el poder. Nunca se entendió esa dinámica real. Incluso si bien ganaba el PRI en una gran mayoría de estados, muchos de relevancia histórica como Veracruz y Oaxaca, se daba cuenta pero sin hacer conciencia de que ganaba siendo un partido minoritario si se juntaban las votaciones de sus rivales (un fenómeno a la inversa de la realidad nacional en la Presidencia de la República, cuando Fox ganando con el voto de 4 de 10 electores, es un presidente de minorías). Ambas elecciones, demuestran el fin para los otrora estados “reservas de votos”, pero también ambos estados mandan otro mensaje contundente: en Oaxaca, el candidato respaldado en una coalición, Gabino Cué, era un expriista muy allegado a un exgobernador oaxaqueño priista. En Veracruz, si bien el segundo lugar fue un panista, el tercer lugar encabezado por el expriista Dante Delgado fue clave para la victoria de Fidel Herrera. De no haber sido candidato Delgado, la historia pudo ser otra para el PRI. Ambos ejemplos en conjunto con casos como Ricardo Monreal en Zacatecas, Sánchez Anaya en Tlaxcala, Leonel Cota en Baja California Sur, Salazar Mendiguchía en Chiapas, entre otros, son muestra rotunda de que el PRI está perdiendo batallas externas por una democracia simulada al interior de sus procesos de elección de candidatos. Si en el PRI, como instrumento de contrapesos de poderes y donde la inclusión y la riqueza de una militancia heterogénea brindaban los vectores para hacer política. Hoy, ante la orfandad del primer priista de la nación, encarnado en el presidente de la república, se ha atomizado las decisiones de manera desordenada y lamentablemente, más en forma de cacicazgos estatales, que en instrumentos eficientes de rotación de grupos internos. El cambio de ruta de Los Pinos hacia 17 gobernadores y en ocasiones en la sede nacional del PRI, no ha sido para inventar nuevos procesos de legitimación y de candidaturas con una amalgama con el partido y con sus planes de proyección nacional. En definitiva, han arrinconado al PRI a decisiones de grupo y no a los intereses de partido. Bajo las siglas históricas del partido, hay una sequía de imaginación y de voluntad política para emprender paso a una democracia interna real.
El PRI actual esta danzando en el limbo, amarrado por una renovación cosmética y por las contradicciones de su pasado y presente. Si el mensaje de las urnas aún no se ha digerido, por más que prevalezcan fiestas de partido elocuentes, pero huérfanas en responsabilidad política, hay dos caminos paralelos no sólo para la sobrevivencia del partido, que entrañaría una vacía renovación como muchos la entienden, sino también para volver a ser un arquitecto del destino nacional. Uno es la renovación generacional, el otro, es la refundación del PRI. Ambos son complementarios y no pueden ir en rutas separadas. ¿De que valdría un relevo generacional si existen las viciadas prácticas de antaño y no existiera una nueva oferta política? ¿De verdad se cree que la actual clase política –con mínimas excepciones- priista, puede realizar una transformación en un punto ideológico si no sólo es capaz de entender los nuevos tiempos y sigue haciendo política ante un sistema político agotado?
Los priistas no pueden volver al enfrentamiento con espejismos. Si hay todavía 17 gobernadores de extracción priista, está fuerza real no puede posibilitar por si misma, aunque en ella se concentre la mitad del PIB nacional, una divisa fundamental para el partido si no hay un nuevo compromiso de los mandatarios con la renovación generacional y la refundación del PRI. Un prerrequisito clave para ello será desmanchar y hablar con el peso de la verdad en los casos donde la lealtad de partido, fue hecha a un lado para privilegiar la operación hacia el candidato de derecha. De no retejer la confianza y si no hay muestras claves para dispersar la verticalidad en 17 gobernadores cerrando el espacio a los intereses del priismo, muy poco se podrá hacer. La balcanización habrá llegado y más disperso ideológicamente será el PRI. El costo de una unidad ficticia y hueca será el principio del fin. El gran ganador, la derecha y los grupos ultraconservadores. El primer perdedor, el PRI y el principal perdedor, el sistema de partidos que ve como se despinta una posibilidad no sólo de contrapesos sino de opción ideológica.
El trabajo de la renovación generacional, tiene una encomendable labor que demostrar. Primero, la juventud del partido no tiene porque pagar los platos rotos de los errores de los mayores. Ante una cada vez menor militancia incrustada en la burocracia gubernamental, el cambio generacional por primera vez esta dentro del partido mismo y eso es un plus que hay que apoyar como condición de desarrollo. Segundo, se compile los grandes errores y fracasos, pero también los aciertos del priismo histórico. Así se podrá abrir la puerta a una reconciliación con la nación, que al mismo tiempo sea condición, por medio de una nueva oferta política de reencuentro con la sociedad. El atributo más sabio será el de ser una opción genuina y libre de ataduras de polos de derecha e izquierda intransigentes, pero si en una especie de socialdemocracia a la mexicana. Ejemplo de regionalizar a la socialdemocracia, lo representa Brasil en una fórmula de Brasil para Brasil y libre de mandamientos externos que no son aplicables a las realidades sociales de ese país. En la misma ruta, el PRI si fue creador de un sistema político en el siglo XX, deberá desde la oposición y especialmente desde el Legislativo, convertirse en catalizador para idear un nuevo régimen que tenga como premisas la gobernabilidad democrática y la capacidad de acuerdos. Un logro así sería muestra del eje de renovación generacional y refundación para que el PRI vuelva a ser un actor de primer orden. Los priistas que creemos en ello, no debemos tener excusa en mencionar que hoy, ya no la historia, sino nosotros mismos nos hemos privado, cruelmente, de la posibilidad de aprender a ser demócratas, como recordaba Octavio Paz.
San José Insurgentes, Ciudad de México. Septiembre, 2006.
PRI: ¿GENERACION PERDIDA?
México, D.F. - Miércoles 24 de Enero de 2007
Priistas jóvenes ¿Generación perdida? Parte IEl triunfo discutido, pero triunfo legal del PAN, ha servido para alimentar la mentira de suponer que si el priismo no tiene futuro, mucho menos lo tendrán sus jóvenes militantes, pues desde los ojos del conservadurismo se cree que viven en un laberinto. ¿Generación perdida? Esta expresión nació para definir a un grupo de escritores estadunidenses que fueron marcados por el desastre de la Primera Guerra Mundial. Por más que Ernest Hemingway, uno de sus más destacados miembros, estuviera en situaciones de riesgo, no fue, a diferencia de otras generaciones que fueron eliminadas de manera brutal, una generación a la que le fuera arrebatada la vida.Hoy, lejos de acampar en el campo de la desolación, un grupo de jóvenes priistas estamos por demostrar que ni el desánimo ni el arrinconamiento, son motivos para dejar de luchar por la refundación del PRI. En esa guerra, intensa como todas las que se libran en el interior de los partidos políticos, el enemigo es el tradicionalismo priista, que ya no opera en el sistema competitivo electoral ni mucho menos en recuperar la confianza de los ciudadanos y, así, tejer la reconciliación con la vida nacional, objetivo pendiente desde mucho antes del 2000. La juventud del PRI revalora la obra de hombres como Reyes Heroles; la toma como parte de la carta de ruta que tiene como destino la construcción de nuevos signos, cimentadores de un partido creador de nuevos derroteros para el siglo XXI. Octavio Paz escribía que el PRI tendría que reconocer que no tendría más camino que compartir el poder. Poco a poco, la demanda ciudadana de apertura democrática impulsó una serie de reformas y transformaciones para abrir el sistema político, además de limpiar y darle confiabilidad a los procesos electorales para guiar el camino hacia un sistema más plural y competido. La juventud del PRI no tradicionalista, que sabe traducir los nuevos tiempos en recuperar el sentido de la política, está consciente de su labor: darle, también, operabilidad a la democracia; operabilidad trasladada en saber tener respuestas puntuales a problemas concretos, en entender al Estado, que así como manifiesta sus relaciones horizontales entre los poderes de la Federación, también se pueda tender la horizontalidad en la relación con la sociedad civil y un renovado marco para un corporativismo que está llamado a reinventarse en un proceso democrático. Para posibilitar esa meta, cualquier ejercicio de refundación debe contestar qué representa hoy el PRI y que se quiere representar más allá de la cuarta etapa histórica, que marcaría el inició de una nueva dirigencia. Una generación refundadora no ve perdida la escalera hacia el poder; lo que se perdió fue la forma tradicional del priismo histórico para arribar al poder. En una acción política que redefina cómo debe de ser el priismo, que sea capaz de hacer un debate serio de los retos del partido, habrá oportunidad para ganar en confianza y demostrar con responsabilidad política e irrestricto apego a la ética política que se pueden ganar espacios. No es tarea fácil, pero no hacerla y continuar el camino al tradicionalismo obsoleto que, más que defender un partido, defiende a grupúsculos bien identificados que administrarían el estertor del fin, sería una deuda no sólo con la juventud que cree en el PRI, sino con madurar un partido de centro izquierda moderno, que incursione con éxito en el mapa político nacional, que actualmente vive bajo una derecha con rémoras ultraconservadoras y una izquierda retraída en caudillos. Otro paso para recuperar credibilidad es dar fin a la alianza con el Partido Verde que, más que fuerza política, conjunto al partido con mercaderes de la política. Frente a la crítica de varios priistas que advirtieron del error de esa alianza, Madrazo la impulsó. El PRI no necesita alianzas con partidos que creen que son signos de juventud; la juventud de la refundación priista no necesita suplentes. El silencio arrollador ante una conducta sumisa, que violenta la libertad y responsabilidad de un político moderno, ya no es camino; como tampoco lo es adular a quien tenga el poder: respeto al jefe no es adulación. La adulación es el principio de la metástasis que corroe y mata al ejercicio de la crítica libre y democrática. Ante ello, la sincronización de experiencia de los cuadros históricos del partido con jóvenes refundadores, ofrece el establecimiento de un diálogo permanente de ideas, además de posibilitar espacios para la actuación. ¿De qué serviría que políticos en el poder abran espacios a jóvenes que no respondan a los retos de la política y sean exponentes de la incultura de la adulación? La sociedad ya no se deja llevar por espejismos y condenaría con su voto esa funesta práctica que busca legitimar espacios a jóvenes. Juventud no necesariamente es sinónimo de refundación. Hay jóvenes que creen en el tradicionalismo añejo, que ya contribuyó a la peor derrota del partido. Por primera vez, estamos en la posibilidad de generar un partido político auténtico, pero sin la revisión y reconocimiento del pasado y del presente sería una torpeza proyectar un futuro. Por lo anterior estamos conscientes de la oportunidad histórica de darle ese valor a la cuarta etapa del priismo, que exige refundar la concepción de partido político moderno. No estamos ni en un laberinto ni, como desearía la derecha, somos una generación perdida. Al tiempo.
Juan-Pablo Calderón Patiño
Derechos Reservados © Grupo Editorial Milenio 2006
México, D.F. - Miércoles 7 de Febrero de 2007
Versión para imprimir
Priistas jóvenes, ¿generación perdida? II ParteLa juventud priista refundadora se forma no en el antagonismo entre el espacio de educación pública y la privada, sino en su complementación. Ambas contribuyen al desarrollo de un proyecto socialdemócrata mexicano. No obstante, consciente de que la libertad se traduce en la igualdad de oportunidades, sostiene que la escuela pública y laica es el baluarte de integración nacional y de inclusión. Como moraleja de la historia contemporánea, sabe que obstinarse en la tecnocracia vacía de sensibilidad política, es el error que no hay que repetir. Fortalecer la vocación política de los jóvenes priistas junto con profesionalizar su área de estudio o especialización en áreas como la diplomacia, la economía y la cultura, entre otras, posibilitará una nueva clase política que no se pierda entre el frío pragmatismo y la lejanía social de una tecnocracia ambivalente en su militancia política. Como han dado prueba los “migrantes” del PRI al foxismo, primero. Después, al primer gobierno panista con Felipe Calderón. ¿Hay diferencia con visualizar en la administración pública una oportunidad laboral? Sí. Una cosa es trabajar para el Estado, ser institucionales y saber la división entre militancias políticas y trabajo público; el Servicio Exterior Mexicano, es un ejemplo. La otra, representa la ausencia de definiciones políticas claras, el chaqueteo, buscar la plaza anulando toda congruencia política y tratando de ser puro cuando el baño de lodo es evidente. Gran parte de la tecnocracia no inspira confianza, no sólo por el maridaje con la derecha, sino por su frialdad y su proyecto anti-Estado. La tecnocracia no representa una alternativa política. Bien haría un PRI restituido en una socialdemocracia, en reconocer el tránsito por el partido de ese sector. Gran parte de la tecnocracia que arribó en 1982 es la gran ganadora, junto con células de la ultraderecha, del cambio de partidos en el poder. El modelo económico está intacto, el pensamiento tecnócrata en Hacienda sigue rigiendo y el dogma sigue anclado en el Ejecutivo. La juventud refundadora no es sólo de un nuevo PRI sino también la respuesta a un viraje del modelo económico. Se dirá que no hay alternativas y que el pensamiento único es la religión de la globalización. Que no hay más campo de acción salvo el que permitan las grandes organizaciones económicas y comerciales internacionales y que México debe seguir en lo mismo. Seguir en el mismo camino representa más que terquedad y necedad, la imposibilidad por crear caminos alternativos. Continuar bajo el signo de la estabilización sin crecer, arrinconando al Estado a ser un policía y un ente que hay que desrregularizar, no contribuiría ni a la credibilidad de la política ni a dotar de confianza a un Estado con nuevos roles y responsabilidades en la globalización. La refundación del PRI debe de actuar ya para saber dar respuestas y dotar de confianza a los 134 millones de mexicanos que poblaremos nuestro país en el 2025. En dar las herramientas para que los jóvenes ejerzan sus vocaciones, dado que aproximadamente 1.5 millones se integrarán anualmente a la Población Económicamente Activa. En aprovechar el “bono demográfico” y dotar de certidumbre el sistema de pensiones. En ofrecer y ampliar las energías alternativas y estar prevenidos ante el inminente tramo final de los energéticos petroleros. En constituir un renovado nacionalismo en una globalización a la que hay que responder con audacia en la era del conocimiento. En profundizar una diversificación real frente a Estados Unidos que nos haga un país global, que al mismo tiempo sepa decirle sí o no al vecino del norte, en función de los intereses nacionales y no de los de coyuntura o de quién sea el titular del Ejecutivo. En una Reforma de Estado aterrizada en un primer plano dentro de lo posible para así avanzar al sendero de lo imposible. En esos grandes vectores, la refundación va en camino. No puede haber espacios vacíos si queremos ganar el futuro. ¿Qué arena hay para pelear por estas metas y para dar respuesta a esos desafíos? El Congreso es la plaza pública para la lucha. El tradicionalismo, presa fácil de las inercias, sería más que un retroceso electoral. La innovación y dar paso a nuevos arquitectos en el priismo, es la puerta para la transformación y para decir a la sociedad que una lectura socialdemócrata es el baluarte que hace la diferencia entre polos ideológicos. En las dos variables para arribar al Legislativo hay que hacer consideraciones importantes. En las diputaciones y senadurías plurinominales hay que desterrar que son lugares para la búsqueda de impunidades de priistas que las buscan para salvarse de la ley. No basta que se asignen mínimos de cuotas para menores de 35 años en los primeros lugares por cada circunscripción. Hay que armar una salida con equidad, donde se privilegie a las agendas legislativas emanadas en lo general del Programa de Acción y trabajadas en lo particular en cada precandidato. Profesionalizar la política y llegar al congreso con soluciones, es la tónica. No dar curules a los amigos, a los de siempre y a los hijos de los políticos que creen que por automático merecen puestos. Si quieren, que luchen en su programa. En las candidaturas por mayoría, identificar a los líderes naturales de la ciudad, el agro, la fábrica, etc., es identificar la oportunidad de cambio y no del tradicionalismo que se ha viciado por el dinero y los poderes fácticos. Reyes Heroles decía que “hay que conocer para actuar y actuar para verdaderamente conocer”. La generación refundadora actúa para que las banderas vuelvan a ondear.
Juan-Pablo Calderón Patiño
capitanbalaju@yahoo.com.mx
Derechos Reservados © Grupo Editorial Milenio 2006
Priistas jóvenes ¿Generación perdida? Parte IEl triunfo discutido, pero triunfo legal del PAN, ha servido para alimentar la mentira de suponer que si el priismo no tiene futuro, mucho menos lo tendrán sus jóvenes militantes, pues desde los ojos del conservadurismo se cree que viven en un laberinto. ¿Generación perdida? Esta expresión nació para definir a un grupo de escritores estadunidenses que fueron marcados por el desastre de la Primera Guerra Mundial. Por más que Ernest Hemingway, uno de sus más destacados miembros, estuviera en situaciones de riesgo, no fue, a diferencia de otras generaciones que fueron eliminadas de manera brutal, una generación a la que le fuera arrebatada la vida.Hoy, lejos de acampar en el campo de la desolación, un grupo de jóvenes priistas estamos por demostrar que ni el desánimo ni el arrinconamiento, son motivos para dejar de luchar por la refundación del PRI. En esa guerra, intensa como todas las que se libran en el interior de los partidos políticos, el enemigo es el tradicionalismo priista, que ya no opera en el sistema competitivo electoral ni mucho menos en recuperar la confianza de los ciudadanos y, así, tejer la reconciliación con la vida nacional, objetivo pendiente desde mucho antes del 2000. La juventud del PRI revalora la obra de hombres como Reyes Heroles; la toma como parte de la carta de ruta que tiene como destino la construcción de nuevos signos, cimentadores de un partido creador de nuevos derroteros para el siglo XXI. Octavio Paz escribía que el PRI tendría que reconocer que no tendría más camino que compartir el poder. Poco a poco, la demanda ciudadana de apertura democrática impulsó una serie de reformas y transformaciones para abrir el sistema político, además de limpiar y darle confiabilidad a los procesos electorales para guiar el camino hacia un sistema más plural y competido. La juventud del PRI no tradicionalista, que sabe traducir los nuevos tiempos en recuperar el sentido de la política, está consciente de su labor: darle, también, operabilidad a la democracia; operabilidad trasladada en saber tener respuestas puntuales a problemas concretos, en entender al Estado, que así como manifiesta sus relaciones horizontales entre los poderes de la Federación, también se pueda tender la horizontalidad en la relación con la sociedad civil y un renovado marco para un corporativismo que está llamado a reinventarse en un proceso democrático. Para posibilitar esa meta, cualquier ejercicio de refundación debe contestar qué representa hoy el PRI y que se quiere representar más allá de la cuarta etapa histórica, que marcaría el inició de una nueva dirigencia. Una generación refundadora no ve perdida la escalera hacia el poder; lo que se perdió fue la forma tradicional del priismo histórico para arribar al poder. En una acción política que redefina cómo debe de ser el priismo, que sea capaz de hacer un debate serio de los retos del partido, habrá oportunidad para ganar en confianza y demostrar con responsabilidad política e irrestricto apego a la ética política que se pueden ganar espacios. No es tarea fácil, pero no hacerla y continuar el camino al tradicionalismo obsoleto que, más que defender un partido, defiende a grupúsculos bien identificados que administrarían el estertor del fin, sería una deuda no sólo con la juventud que cree en el PRI, sino con madurar un partido de centro izquierda moderno, que incursione con éxito en el mapa político nacional, que actualmente vive bajo una derecha con rémoras ultraconservadoras y una izquierda retraída en caudillos. Otro paso para recuperar credibilidad es dar fin a la alianza con el Partido Verde que, más que fuerza política, conjunto al partido con mercaderes de la política. Frente a la crítica de varios priistas que advirtieron del error de esa alianza, Madrazo la impulsó. El PRI no necesita alianzas con partidos que creen que son signos de juventud; la juventud de la refundación priista no necesita suplentes. El silencio arrollador ante una conducta sumisa, que violenta la libertad y responsabilidad de un político moderno, ya no es camino; como tampoco lo es adular a quien tenga el poder: respeto al jefe no es adulación. La adulación es el principio de la metástasis que corroe y mata al ejercicio de la crítica libre y democrática. Ante ello, la sincronización de experiencia de los cuadros históricos del partido con jóvenes refundadores, ofrece el establecimiento de un diálogo permanente de ideas, además de posibilitar espacios para la actuación. ¿De qué serviría que políticos en el poder abran espacios a jóvenes que no respondan a los retos de la política y sean exponentes de la incultura de la adulación? La sociedad ya no se deja llevar por espejismos y condenaría con su voto esa funesta práctica que busca legitimar espacios a jóvenes. Juventud no necesariamente es sinónimo de refundación. Hay jóvenes que creen en el tradicionalismo añejo, que ya contribuyó a la peor derrota del partido. Por primera vez, estamos en la posibilidad de generar un partido político auténtico, pero sin la revisión y reconocimiento del pasado y del presente sería una torpeza proyectar un futuro. Por lo anterior estamos conscientes de la oportunidad histórica de darle ese valor a la cuarta etapa del priismo, que exige refundar la concepción de partido político moderno. No estamos ni en un laberinto ni, como desearía la derecha, somos una generación perdida. Al tiempo.
Juan-Pablo Calderón Patiño
Derechos Reservados © Grupo Editorial Milenio 2006
México, D.F. - Miércoles 7 de Febrero de 2007
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Priistas jóvenes, ¿generación perdida? II ParteLa juventud priista refundadora se forma no en el antagonismo entre el espacio de educación pública y la privada, sino en su complementación. Ambas contribuyen al desarrollo de un proyecto socialdemócrata mexicano. No obstante, consciente de que la libertad se traduce en la igualdad de oportunidades, sostiene que la escuela pública y laica es el baluarte de integración nacional y de inclusión. Como moraleja de la historia contemporánea, sabe que obstinarse en la tecnocracia vacía de sensibilidad política, es el error que no hay que repetir. Fortalecer la vocación política de los jóvenes priistas junto con profesionalizar su área de estudio o especialización en áreas como la diplomacia, la economía y la cultura, entre otras, posibilitará una nueva clase política que no se pierda entre el frío pragmatismo y la lejanía social de una tecnocracia ambivalente en su militancia política. Como han dado prueba los “migrantes” del PRI al foxismo, primero. Después, al primer gobierno panista con Felipe Calderón. ¿Hay diferencia con visualizar en la administración pública una oportunidad laboral? Sí. Una cosa es trabajar para el Estado, ser institucionales y saber la división entre militancias políticas y trabajo público; el Servicio Exterior Mexicano, es un ejemplo. La otra, representa la ausencia de definiciones políticas claras, el chaqueteo, buscar la plaza anulando toda congruencia política y tratando de ser puro cuando el baño de lodo es evidente. Gran parte de la tecnocracia no inspira confianza, no sólo por el maridaje con la derecha, sino por su frialdad y su proyecto anti-Estado. La tecnocracia no representa una alternativa política. Bien haría un PRI restituido en una socialdemocracia, en reconocer el tránsito por el partido de ese sector. Gran parte de la tecnocracia que arribó en 1982 es la gran ganadora, junto con células de la ultraderecha, del cambio de partidos en el poder. El modelo económico está intacto, el pensamiento tecnócrata en Hacienda sigue rigiendo y el dogma sigue anclado en el Ejecutivo. La juventud refundadora no es sólo de un nuevo PRI sino también la respuesta a un viraje del modelo económico. Se dirá que no hay alternativas y que el pensamiento único es la religión de la globalización. Que no hay más campo de acción salvo el que permitan las grandes organizaciones económicas y comerciales internacionales y que México debe seguir en lo mismo. Seguir en el mismo camino representa más que terquedad y necedad, la imposibilidad por crear caminos alternativos. Continuar bajo el signo de la estabilización sin crecer, arrinconando al Estado a ser un policía y un ente que hay que desrregularizar, no contribuiría ni a la credibilidad de la política ni a dotar de confianza a un Estado con nuevos roles y responsabilidades en la globalización. La refundación del PRI debe de actuar ya para saber dar respuestas y dotar de confianza a los 134 millones de mexicanos que poblaremos nuestro país en el 2025. En dar las herramientas para que los jóvenes ejerzan sus vocaciones, dado que aproximadamente 1.5 millones se integrarán anualmente a la Población Económicamente Activa. En aprovechar el “bono demográfico” y dotar de certidumbre el sistema de pensiones. En ofrecer y ampliar las energías alternativas y estar prevenidos ante el inminente tramo final de los energéticos petroleros. En constituir un renovado nacionalismo en una globalización a la que hay que responder con audacia en la era del conocimiento. En profundizar una diversificación real frente a Estados Unidos que nos haga un país global, que al mismo tiempo sepa decirle sí o no al vecino del norte, en función de los intereses nacionales y no de los de coyuntura o de quién sea el titular del Ejecutivo. En una Reforma de Estado aterrizada en un primer plano dentro de lo posible para así avanzar al sendero de lo imposible. En esos grandes vectores, la refundación va en camino. No puede haber espacios vacíos si queremos ganar el futuro. ¿Qué arena hay para pelear por estas metas y para dar respuesta a esos desafíos? El Congreso es la plaza pública para la lucha. El tradicionalismo, presa fácil de las inercias, sería más que un retroceso electoral. La innovación y dar paso a nuevos arquitectos en el priismo, es la puerta para la transformación y para decir a la sociedad que una lectura socialdemócrata es el baluarte que hace la diferencia entre polos ideológicos. En las dos variables para arribar al Legislativo hay que hacer consideraciones importantes. En las diputaciones y senadurías plurinominales hay que desterrar que son lugares para la búsqueda de impunidades de priistas que las buscan para salvarse de la ley. No basta que se asignen mínimos de cuotas para menores de 35 años en los primeros lugares por cada circunscripción. Hay que armar una salida con equidad, donde se privilegie a las agendas legislativas emanadas en lo general del Programa de Acción y trabajadas en lo particular en cada precandidato. Profesionalizar la política y llegar al congreso con soluciones, es la tónica. No dar curules a los amigos, a los de siempre y a los hijos de los políticos que creen que por automático merecen puestos. Si quieren, que luchen en su programa. En las candidaturas por mayoría, identificar a los líderes naturales de la ciudad, el agro, la fábrica, etc., es identificar la oportunidad de cambio y no del tradicionalismo que se ha viciado por el dinero y los poderes fácticos. Reyes Heroles decía que “hay que conocer para actuar y actuar para verdaderamente conocer”. La generación refundadora actúa para que las banderas vuelvan a ondear.
Juan-Pablo Calderón Patiño
capitanbalaju@yahoo.com.mx
Derechos Reservados © Grupo Editorial Milenio 2006
Balcanización, de Yugoslavia al PRI
Balcanización, de Yugoslavia al PRIJuan-Pablo Calderón Patiño
Balcanización, de Yugoslavia al PRI
capitanbalaju@yahoo.com.mxBeatriz Paredes fue enfática en su primer discurso como líder nacional del PRI, frente a la dispersión de un partido que perdió dos veces consecutivas la Presidencia de la República. Advirtió del riesgo de la balcanización del partido. Más que una palabra, balcanización entraña polarización extrema, destrucción de lo construido bajo el manto de la unidad y el arrebato de los intereses de una comunidad por la supremacía de intereses de élite. Después del desastre de la destrucción de Yugoslavia, la palabra balcanización adquiere carta de naturalización en las ciencias políticas. Se advierte cuando la atomización presenta rostro y no actúa de manera única en función de lo que fue el caso de la ex Yugoslavia. Luchas de un nacionalismo xenófobo y divisiones religiosas ancestrales, jugaron en su primera cara. No obstante, su esencia es el poder enfermo y lejano a dar continuidad a alianzas constructivas, unas históricas que beneficiaban a la mayoría de la colectividad. Hoy, balcanizar se extiende en cualquier lucha fraticida por el poder o, más bien, por sus retazos. Lo mismo desde el interior de un partido hasta una república. Mencionar la palabra es señal de que las cosas no están bien y es una advertencia para maniobrar cambios excepcionales a situaciones que pueden romper lo construido. Mencionarla como diagnóstico es señalar conductas tradicionalistas que velan por el inmovilismo. Balcanizar es la verdadera vista de lucifer y no como se creía, la máxima de Julio César: divide y vencerás (Divide et vinces). El 4 de febrero de 2003 el Parlamento de Yugoslavia suscribió una reforma a su máxima ley para establecer el fin de la República Federal de Yugoslavia. Con ello, desaparece la tercera y última Yugoslavia reducida a dos repúblicas. En la segunda Yugoslavia, aquella que en 1945 el líder de los partisanos y comunistas yugoslavos, el Mariscal Jozib Broz Tito, fue liberada de los nazis y de la monarquía local. El catolicismo, el Islam y la iglesia ortodoxa, convivieron. El Estado plurinacional integrado por las repúblicas de Serbia, Croacia, Macedonia, Bosnia y Herzegovina, Eslovenia y Montenegro y dos territorios, no tuvo una vida larga. Las repúblicas obtendrían su independencia de la Yugoslavia titista en 1991, y más adelante el reconocimiento internacional como Estados independientes. Hablar del desastre yugoslavo en sentido peyorativo de balcanización, por el lugar geográfico situado, es un tema que enciende incertidumbres. Las causas son imprecisas y ni los ciudadanos de las ex repúblicas de la Yugoslavia de Tito, ni diversos negociadores internacionales que participaron en los procesos de paz, entienden o tratan de entender el desastre. En el drama yugoslavo, la inexistencia de un cuerpo legal que fuera capaz de dirimir las disputas entre las repúblicas fue determinante para la desintegración. El gran juez era el Mariscal Tito y nadie más. Después de su muerte, en 1980, no existió ningún mecanismo institucional que permitiera mantener la unidad de un Estado con seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un partido político. Ésta era la expresión de pluralidad que de Yugoslavia formulaba el propio Tito. El déficit de un manto constitucional audaz y olvidar que Tito antes que estadista era un hombre que algún día tendría que morir, posibilitaron el inicio del desastre y la peor guerra en territorio europeo después de la Segunda Guerra Mundial. Vergüenza para la Europa Comunitaria. Otro elemento en la fragmentación yugoslava fue que después de la democratización del sistema político yugoslavo, los candidatos radicales explotaron las viejas rencillas entre las repúblicas. Los odios afloraron junto con la llave de un nacionalismo férreo y segregador, que se convirtió en un baluarte político. El argumento de un nacionalismo cerrado era el mejor pretexto y discurso de una clase política que veía en él su supervivencia en el poder, aunque eso significara el fin de la Federación. No había espacios para los reformadores integracionistas con un compromiso democrático. La democracia no tuvo demócratas. La unidad yacía en el olvido. El sentido del yugoslavismo, que etimológicamente quiere decir “los eslavos del sur”, naufragaba pensando que la unidad ya no era útil. Balcanizar al PRI significa advertir que tratar de regresar a los orígenes es una regresión peligrosa. ¿A qué orígenes? Al partido lleno de minúsculos partidos regionales que se contaban por decenas. A la regresión de un neocaudillismo regional que confunde el espacio federal con territorios unipersonales. A traducir un federalismo fiscal en un feudalismo fiscal, como ha mencionado Francisco Suárez Dávila, en donde se le exija a la Federación mayores fondos sin someterlos a los mecanismos de transparencia o a desviar sus responsabilidades como entidad federativa para obtener mayores recursos por su cuenta. Los excedentes petroleros no pueden ser eternos. El mayor mérito del partido revolucionario fue su proyección nacional. A un siglo de un Estado mexicano independiente, el partido fue capaz de orientar el camino a las instituciones y enviar al ostracismo a un caudillismo que se bañaba a diario de sangre. Rumbo al Bicentenario de la Independencia nacional, no puede orientar ser un actor estratégico con fórmulas caducas. Lo puede hacer, pero sería el paso a la extinción lenta. ¿Por qué el disgusto de muchos de permitir que la dirigencia nacional sea la que dé la última palabra en formar coaliciones en los estados? Porque el PRI que se quiere refundar de verdad no puede darse el lujo de ser incongruente ni política ni ideológicamente frente a su militancia y frente a la ciudadanía. Propiciar alianzas con la derecha o con sus satélites en los estados, como muchos están pensando, no va en función de los intereses del partido, sino de un comportamiento de nuevos caudillos regionales que se prestan a retener los retazos del poder y no a tejer un poder democrático de la mano de un proyecto serio, incluyente y federal, que resguarde lo mejor de la historia para tener miras de futuro. Muy diferente es la negociación en espacios democráticos políticos con el contrincante, que apremiar sin condiciones a alianzas de agua y aceite, que minan la credibilidad en la política y pecan de un oportunismo propio de los que juegan a la democracia sin ser demócratas. El PRI balcanizado es el camino al estertor. El PRI federalizado y consciente de entrar a su cuarta etapa histórica es el mejor aval para evitar su balcanización. La otra balcanización, la principal, la de un país con enormes asimetrías internas, con un norte y un sur desconectado, con el oprobio de ser una de las primeras quince economías del mundo, pero con la realidad de estar muy lejos en la igualdad social. Esa balcanización mexicana es el mayor reto para las actuales y futuras generaciones de mexicanos. Así lo debe de entender el PRI, que quiere refundarse en su última oportunidad histórica de transformación. De lo contrario, su balcanización será un vivo retrato del cuadro de Goya en el que el personaje central, Saturno, devora a sus propios hijos.
Derechos Reservados © Grupo Editorial Milenio 2006 Juan-Pablo Calderón Patiño
Balcanización, de Yugoslavia al PRI
capitanbalaju@yahoo.com.mxBeatriz Paredes fue enfática en su primer discurso como líder nacional del PRI, frente a la dispersión de un partido que perdió dos veces consecutivas la Presidencia de la República. Advirtió del riesgo de la balcanización del partido. Más que una palabra, balcanización entraña polarización extrema, destrucción de lo construido bajo el manto de la unidad y el arrebato de los intereses de una comunidad por la supremacía de intereses de élite. Después del desastre de la destrucción de Yugoslavia, la palabra balcanización adquiere carta de naturalización en las ciencias políticas. Se advierte cuando la atomización presenta rostro y no actúa de manera única en función de lo que fue el caso de la ex Yugoslavia. Luchas de un nacionalismo xenófobo y divisiones religiosas ancestrales, jugaron en su primera cara. No obstante, su esencia es el poder enfermo y lejano a dar continuidad a alianzas constructivas, unas históricas que beneficiaban a la mayoría de la colectividad. Hoy, balcanizar se extiende en cualquier lucha fraticida por el poder o, más bien, por sus retazos. Lo mismo desde el interior de un partido hasta una república. Mencionar la palabra es señal de que las cosas no están bien y es una advertencia para maniobrar cambios excepcionales a situaciones que pueden romper lo construido. Mencionarla como diagnóstico es señalar conductas tradicionalistas que velan por el inmovilismo. Balcanizar es la verdadera vista de lucifer y no como se creía, la máxima de Julio César: divide y vencerás (Divide et vinces). El 4 de febrero de 2003 el Parlamento de Yugoslavia suscribió una reforma a su máxima ley para establecer el fin de la República Federal de Yugoslavia. Con ello, desaparece la tercera y última Yugoslavia reducida a dos repúblicas. En la segunda Yugoslavia, aquella que en 1945 el líder de los partisanos y comunistas yugoslavos, el Mariscal Jozib Broz Tito, fue liberada de los nazis y de la monarquía local. El catolicismo, el Islam y la iglesia ortodoxa, convivieron. El Estado plurinacional integrado por las repúblicas de Serbia, Croacia, Macedonia, Bosnia y Herzegovina, Eslovenia y Montenegro y dos territorios, no tuvo una vida larga. Las repúblicas obtendrían su independencia de la Yugoslavia titista en 1991, y más adelante el reconocimiento internacional como Estados independientes. Hablar del desastre yugoslavo en sentido peyorativo de balcanización, por el lugar geográfico situado, es un tema que enciende incertidumbres. Las causas son imprecisas y ni los ciudadanos de las ex repúblicas de la Yugoslavia de Tito, ni diversos negociadores internacionales que participaron en los procesos de paz, entienden o tratan de entender el desastre. En el drama yugoslavo, la inexistencia de un cuerpo legal que fuera capaz de dirimir las disputas entre las repúblicas fue determinante para la desintegración. El gran juez era el Mariscal Tito y nadie más. Después de su muerte, en 1980, no existió ningún mecanismo institucional que permitiera mantener la unidad de un Estado con seis repúblicas, cinco nacionalidades, cuatro idiomas, tres religiones, dos alfabetos y un partido político. Ésta era la expresión de pluralidad que de Yugoslavia formulaba el propio Tito. El déficit de un manto constitucional audaz y olvidar que Tito antes que estadista era un hombre que algún día tendría que morir, posibilitaron el inicio del desastre y la peor guerra en territorio europeo después de la Segunda Guerra Mundial. Vergüenza para la Europa Comunitaria. Otro elemento en la fragmentación yugoslava fue que después de la democratización del sistema político yugoslavo, los candidatos radicales explotaron las viejas rencillas entre las repúblicas. Los odios afloraron junto con la llave de un nacionalismo férreo y segregador, que se convirtió en un baluarte político. El argumento de un nacionalismo cerrado era el mejor pretexto y discurso de una clase política que veía en él su supervivencia en el poder, aunque eso significara el fin de la Federación. No había espacios para los reformadores integracionistas con un compromiso democrático. La democracia no tuvo demócratas. La unidad yacía en el olvido. El sentido del yugoslavismo, que etimológicamente quiere decir “los eslavos del sur”, naufragaba pensando que la unidad ya no era útil. Balcanizar al PRI significa advertir que tratar de regresar a los orígenes es una regresión peligrosa. ¿A qué orígenes? Al partido lleno de minúsculos partidos regionales que se contaban por decenas. A la regresión de un neocaudillismo regional que confunde el espacio federal con territorios unipersonales. A traducir un federalismo fiscal en un feudalismo fiscal, como ha mencionado Francisco Suárez Dávila, en donde se le exija a la Federación mayores fondos sin someterlos a los mecanismos de transparencia o a desviar sus responsabilidades como entidad federativa para obtener mayores recursos por su cuenta. Los excedentes petroleros no pueden ser eternos. El mayor mérito del partido revolucionario fue su proyección nacional. A un siglo de un Estado mexicano independiente, el partido fue capaz de orientar el camino a las instituciones y enviar al ostracismo a un caudillismo que se bañaba a diario de sangre. Rumbo al Bicentenario de la Independencia nacional, no puede orientar ser un actor estratégico con fórmulas caducas. Lo puede hacer, pero sería el paso a la extinción lenta. ¿Por qué el disgusto de muchos de permitir que la dirigencia nacional sea la que dé la última palabra en formar coaliciones en los estados? Porque el PRI que se quiere refundar de verdad no puede darse el lujo de ser incongruente ni política ni ideológicamente frente a su militancia y frente a la ciudadanía. Propiciar alianzas con la derecha o con sus satélites en los estados, como muchos están pensando, no va en función de los intereses del partido, sino de un comportamiento de nuevos caudillos regionales que se prestan a retener los retazos del poder y no a tejer un poder democrático de la mano de un proyecto serio, incluyente y federal, que resguarde lo mejor de la historia para tener miras de futuro. Muy diferente es la negociación en espacios democráticos políticos con el contrincante, que apremiar sin condiciones a alianzas de agua y aceite, que minan la credibilidad en la política y pecan de un oportunismo propio de los que juegan a la democracia sin ser demócratas. El PRI balcanizado es el camino al estertor. El PRI federalizado y consciente de entrar a su cuarta etapa histórica es el mejor aval para evitar su balcanización. La otra balcanización, la principal, la de un país con enormes asimetrías internas, con un norte y un sur desconectado, con el oprobio de ser una de las primeras quince economías del mundo, pero con la realidad de estar muy lejos en la igualdad social. Esa balcanización mexicana es el mayor reto para las actuales y futuras generaciones de mexicanos. Así lo debe de entender el PRI, que quiere refundarse en su última oportunidad histórica de transformación. De lo contrario, su balcanización será un vivo retrato del cuadro de Goya en el que el personaje central, Saturno, devora a sus propios hijos.
Derechos Reservados © Grupo Editorial Milenio 2006 Juan-Pablo Calderón Patiño
Incongruencia en el PRI
Incongruencia en el PRI
Juan-Pablo Calderón Patiño*
Una vez consumada la derrota del PRI en el 2000, algunos de sus militantes nos pronunciamos por contestar dos interrogantes: ¿Por qué perdimos? ¿Qué hacer para no volver a perder? La propia dinámica de los tiempos políticos, arrinconados en los estados de la república y la falta de interés en la dirigencia nacional, hizo mutis del debate interno que se exigía. Lo aisló sin más. La Reforma del Estado en un nuevo modelo de gobierno, la revitalización del espacio público y la refundación ideológica, más la renovación generacional, son hoy con más fuerza, asignaturas que el sector más progresista del PRI impulsa más allá de tiempos electorales o de personeros políticos de coyuntura. Refundación ideológica no son dos palabras huecas. Entrañan saber diferenciarse del contrincante, en cuanto a la visión de país y manera de hacer política; pero también es el alma con que los grandes problemas nacionales, pueden ser enfocados para buscarles soluciones. Con el fin de la confrontación de la Guerra Fría, se creía que las ideologías estaban ya obsoletas. A dos décadas de distancia, la democracia en diversas latitudes demuestra lo contrario. El PRI como partido histórico heredero de la Revolución Mexicana y del liberalismo, tiene preceptos inquebrantables que no están peleados con buscar, por fin, una ideología que le permita identificación y personalidad propia, para debatir y ganar espacios de poder, como un partido político que transitó de la hegemonía a la dominancia, tal como lo ilustra el politólogo José Antonio Crespo. Hay razones de sobra para decir que el PRI, se guste o no, fue el arquitecto del Estado mexicano en el siglo XX. Un PRI que aún espera su redefinición ideológica, en un contexto político electoral, en el que hoy tiene una importante presencia; pero que no basta si se quiere ser un actor fundamental en el siglo XXI. La defensa del Estado laico, fue más que una responsabilidad desde la creación del PNR. La vocación laica del Estado Mexicano, permitiría despejar conservadurismos retrógradas, además de asegurar en los artículos tercero y vigésimo cuarto constitucionales, la educación laica y la libertad de creencias religiosas. Hoy, la ultraderecha que invadió al PAN y que destierra la posibilidad de que sea un instituto político, cercano a una democracia cristiana funcional y democrática, está recurriendo al cabildeo estado por estado, para impulsar diversos tópicos, principalmente prohibir el aborto en todas sus modalidades. Lo más preocupante es que en casi 10 estados (Guanajuato y Quintana Roo, los últimos), las legislaturas locales han aprobado condenar y castigar el aborto con el voto de legisladores del PRI. ¿Qué congruencia y que mensaje se está dando? ¿Dónde está el liderazgo del PRI nacional, para defender la congruencia del partido que se dice defensor del Estado Laico?Hasta hace unas semanas, muchos analistas percibían que el PRI podría ser capaz de lograr recuperar la mayoría parlamentaria que perdió en 1997. Hoy se está lejos de ello. En el mismo voto duro del priismo, ya hay división por esta incongruencia, que en conjunto con seguir dándole aire artificial con diputaciones plurinominales a exponentes de un corporativismo marchito, sólo demuestra dos cosas: incapacidad del priismo nacional para defender causas históricas y dos, que los intereses personales de algunos jerarcas son superiores al partido, al que sólo han utilizado como franquicia para llegar al poder. Defender el Estado Laico y competir contra la derecha política con ideas, es columna de congruencia para los priistas congruentes y leales. No se puede ser incongruente con postulados históricos fundacionales del Estado mexicano. Los legisladores locales que están votando con el PAN en temas como el aborto o líderes priistas que en prácticas obsequiosas con los sectores más conservadores de la Iglesia Católica, parece que buscan el guiño de la sotana, en nada contribuyen a forjar el partido socialdemócrata que en el discurso se busca. ¿De qué sirve estar como miembro de la Internacional Socialista y decir que se le apoya a la mujer, cuando en realidad se apoya a las fuerzas ultraconservadores que tienen en la mira acabar con el Estado Laico? Pareciera que el PRI se le suma a su “aliado” el PVEM, cuando en otra muestra de incongruencia con tal de salvar su registro, apela a lo que ningún partido verde en el mundo impulsaría, que es la pena de muerte. ¿Quién de la Internacional Socialista votaría a lado de las fuerzas más conservadoras?
*Militante del PRI
Juan-Pablo Calderón Patiño*
Una vez consumada la derrota del PRI en el 2000, algunos de sus militantes nos pronunciamos por contestar dos interrogantes: ¿Por qué perdimos? ¿Qué hacer para no volver a perder? La propia dinámica de los tiempos políticos, arrinconados en los estados de la república y la falta de interés en la dirigencia nacional, hizo mutis del debate interno que se exigía. Lo aisló sin más. La Reforma del Estado en un nuevo modelo de gobierno, la revitalización del espacio público y la refundación ideológica, más la renovación generacional, son hoy con más fuerza, asignaturas que el sector más progresista del PRI impulsa más allá de tiempos electorales o de personeros políticos de coyuntura. Refundación ideológica no son dos palabras huecas. Entrañan saber diferenciarse del contrincante, en cuanto a la visión de país y manera de hacer política; pero también es el alma con que los grandes problemas nacionales, pueden ser enfocados para buscarles soluciones. Con el fin de la confrontación de la Guerra Fría, se creía que las ideologías estaban ya obsoletas. A dos décadas de distancia, la democracia en diversas latitudes demuestra lo contrario. El PRI como partido histórico heredero de la Revolución Mexicana y del liberalismo, tiene preceptos inquebrantables que no están peleados con buscar, por fin, una ideología que le permita identificación y personalidad propia, para debatir y ganar espacios de poder, como un partido político que transitó de la hegemonía a la dominancia, tal como lo ilustra el politólogo José Antonio Crespo. Hay razones de sobra para decir que el PRI, se guste o no, fue el arquitecto del Estado mexicano en el siglo XX. Un PRI que aún espera su redefinición ideológica, en un contexto político electoral, en el que hoy tiene una importante presencia; pero que no basta si se quiere ser un actor fundamental en el siglo XXI. La defensa del Estado laico, fue más que una responsabilidad desde la creación del PNR. La vocación laica del Estado Mexicano, permitiría despejar conservadurismos retrógradas, además de asegurar en los artículos tercero y vigésimo cuarto constitucionales, la educación laica y la libertad de creencias religiosas. Hoy, la ultraderecha que invadió al PAN y que destierra la posibilidad de que sea un instituto político, cercano a una democracia cristiana funcional y democrática, está recurriendo al cabildeo estado por estado, para impulsar diversos tópicos, principalmente prohibir el aborto en todas sus modalidades. Lo más preocupante es que en casi 10 estados (Guanajuato y Quintana Roo, los últimos), las legislaturas locales han aprobado condenar y castigar el aborto con el voto de legisladores del PRI. ¿Qué congruencia y que mensaje se está dando? ¿Dónde está el liderazgo del PRI nacional, para defender la congruencia del partido que se dice defensor del Estado Laico?Hasta hace unas semanas, muchos analistas percibían que el PRI podría ser capaz de lograr recuperar la mayoría parlamentaria que perdió en 1997. Hoy se está lejos de ello. En el mismo voto duro del priismo, ya hay división por esta incongruencia, que en conjunto con seguir dándole aire artificial con diputaciones plurinominales a exponentes de un corporativismo marchito, sólo demuestra dos cosas: incapacidad del priismo nacional para defender causas históricas y dos, que los intereses personales de algunos jerarcas son superiores al partido, al que sólo han utilizado como franquicia para llegar al poder. Defender el Estado Laico y competir contra la derecha política con ideas, es columna de congruencia para los priistas congruentes y leales. No se puede ser incongruente con postulados históricos fundacionales del Estado mexicano. Los legisladores locales que están votando con el PAN en temas como el aborto o líderes priistas que en prácticas obsequiosas con los sectores más conservadores de la Iglesia Católica, parece que buscan el guiño de la sotana, en nada contribuyen a forjar el partido socialdemócrata que en el discurso se busca. ¿De qué sirve estar como miembro de la Internacional Socialista y decir que se le apoya a la mujer, cuando en realidad se apoya a las fuerzas ultraconservadores que tienen en la mira acabar con el Estado Laico? Pareciera que el PRI se le suma a su “aliado” el PVEM, cuando en otra muestra de incongruencia con tal de salvar su registro, apela a lo que ningún partido verde en el mundo impulsaría, que es la pena de muerte. ¿Quién de la Internacional Socialista votaría a lado de las fuerzas más conservadoras?
*Militante del PRI
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