viernes, 12 de junio de 2009

PRI: Renovación o aletargarse

Juan-Pablo Calderón Patiño
PRI: Renovación o aletargarse

Las listas plurinominales para el Congreso no son cosa menor en cualquier partido político. Pero en el PRI configuran el camino entre la renovación y el letargo. No es para menos, para quién tuvo el poder durante setenta años. Algunos priistas apelan a buscar verdaderas fórmulas para ser un partido competitivo en el proceso de la democracia mexicana, no obstante, hay nubarrones que lejos de ser de contrincantes políticos en el exterior (los demás partidos), hay enemigos dentro del propio PRI que se oponen a eso. Las listas plurinominales combinan una serie de demostraciones o expresiones: son refugio, laberinto de la alquimia para seguir en el presupuesto, premio de consolación, en menor escala oportunidad para nuevas ideas y liderazgos auténticos, viejas posiciones, improvisados protegidos y espacios para el fuero. Todas se entremezclan entre la confianza o la decepción.

Una posición legislativa nunca puede ser un fin. Ante todo es un medio, que posibilita participar en el andamiaje de una sociedad en transformación. Una curul debería de ser la oportunidad para estar en la primera línea de batalla de las ideas transformadoras que exige México. No para ser refugio de personajes que ya tuvieron su lugar y cuya petición a buscar un lugar, huele más a creer que sobrevivirán políticamente, que a contribuir a un PRI que entienda que es imposible vivir de glorias pasadas el siglo XXI.

La antesala por la legítima competencia por el poder a través de los canales institucionales, tiene su sede en la vida interna de cualquier partido. En el PRI hay una batalla que pocos reconocen y que está traducida en la lucha del ayer con la del inmediatismo del presente por el presente. ¿Dónde queda el futuro? ¿El reconocimiento a la necesidad de ver que este país cambió?

Una parte de la nueva generación de políticos priistas reconoce las luces que el PRI cosecho con orgullo; pero que también combate las prácticas que no tienen sentido y que laceran la confianza en nuestro instituto político, además de ser improductivas, costosas y aburridas. Sólo hay que ver que los grandes mítines del ayer ya no tienen validez a la hora de emitir el sufragio, como también empieza a dejar de tener validez las cuotas de votos que los diversos sectores ofrecían. El corporativismo añejo esta derruido. El ciudadano es el baluarte de esta competida democracia que no se agota en la elección, sino en su quehacer cotidiano. El PRI necesita la redefinición de esquemas de defensa grupal, sin la atadura que hoy representan varios sectores del viejo corporativismo. Aplazar eso, es abrir la puerta para minar más los intentos de construir un nuevo sindicalismo y más que para defender los legítimos intereses de diversos grupos obreros, campesinos y populares. La realidad desviste que es para proteger cuotas de poder de muy pocos. De seguir así las escisiones serán mayores y otros partidos reunificarán, ya no a corporativismos. -la democracia mexicana está teniendo anticuerpos para eso -, pero si a nuevas estructuras de un sindicalismo moderno y libre, de acuerdo a la competitividad del sistema de partidos.

El PRI empieza a hacer un partido político auténtico. Muchos al interior cuestionarán eso y dirán que es el partido heredero de la primera revolución del siglo XX. Es verdad lo segundo, pero jamás fue un partido desde el momento de su creación. Un partido político nace dentro de la sociedad, aquí y en cualquier democracia, para que, arropado bajo un código de ética y un programa político, busque la legítima y ordenada toma del poder. El PNR, abuelo del PRI, nació dentro del poder para conservar el poder. Es por ello que el sistema político mexicano es atípico y es imposible encasillarlo en los modelos típicos de la política comparada. Hoy, el PRI, debe de buscar la competitividad en este sistema político, que no sólo tuvo que optar por la apertura, ante la legítima voz de la oposición, sino también para demostrar que en esta nueva etapa histórica se puede ganar y combinar los resultados electorales con lo mejor de su experiencia.

El PRI es una extraordinaria maquinaria electoral y fue una excelente agencia de colocaciones. Si de verdad el PRI quiere sobrevivir, no sólo es necesaria una transfusión de sangre nueva, de renovación de pies a cabeza, de búsqueda de legitimidad, sino también de afianzar el trabajo de partido y ese trabajo no termina en las urnas. Los 365 días del año son para ganar la confianza del ciudadano y para ser un actor central de una gobernabilidad que merece los apellidos de democrática, soberana y eficiente.

El PRI tiene que mandar una señal clara a la ciudadanía para recuperar la confianza. Tiene que derribar viejos esquemas del pasado, como cuando se premiaban con diputaciones y senadurías a personajes que sólo fueron legisladores por nombramiento y nunca en la acción, en la tribuna y en su quehacer legislativo, siempre refugiado en la complacencia. Ante un Congreso verdadero, ese esquema ya no opera y si se cree que sí, bastará ver la elección intermedia del 2009 para ver que los mexicanos repugnan legisladores que no estén a la altura de los retos nacionales. Habrá espacios si hay listas más incluyentes con la amplia diversidad del priismo. De lo contrario, que nadie se sorprenda del resultado. Si se busca dirimir espacios internos de poder como ayer se operaba, sólo habrá más desánimo ante una sociedad que ve una lucha de “los de siempre”, en la juniorcracia y en una constante y ascendente fuerza del dinero. Si hay priistas con ánimos de renovación, no les quedará decir que si existen, pero que no los quieren. Entre pena ajena y risas, el ciudadano sin militancia, pero que vota y que al final marca el resultado, ve como el partido se balcaniza en una desconexión entre el PRI nacional y los reductos locales. Fuera de las listas, en la elección de mayoría, pensar que se manda a candidatos a perder porque se les ha de dar la misma agua que dieron a beber, es sinónimo de irresponsabilidad porque lejos de que se busque la renovación del partido, se busca venganza personal a costa del PRI y lejos de ser un partido que suma e incluya salen a flote oprobiosas facciones. Ello sólo desnuda lo que los especialistas no se han cansado de decir: el PRI de ser un partido nacional está pasando gradualmente a ser un partido localista, que no encontró en estos últimos seis años una fórmula para dirimir controversias internas sin el priista mayor, el Presidente de la República. La balcanización del partido, enmarcada en una falsa lectura del federalismo, se está dando en algunos estados donde el PRI es gobierno. De prolongarse esto, el PRI estaría retrocediendo 75 años, cuando justo Plutarco Elías Calles, fijó los propósitos en acabar con el caudillismo local y abrir paso a la institucionalización con proyección nacional.

Cuando el PRI perdió el poder, la Población Económicamente Activa que en 2000 era de 42 millones de personas, pasará a 60 millones en 2020 y llegará a 65.2 millones en 2050, Anualmente cerca de medio millón de mexicanos intenta cruzar hacia el vecino del Norte, con quién, independientemente del tema migratorio no se ha sabido tener una relación de Estado. En otro sentido, somos un país con una diminuta recaudación fiscal, (la más baja de un país emergente) y sin reformas estructurales, algo que más allá de Vicente Fox, México reclama con urgencia. ¿Qué vamos a hacer en el futuro con el sistema de pensiones? ¿Como aprovecharemos el bono demográfico y cual es la ruta para que seamos más competitivos frente al mundo? Los priistas deben de tener respuestas a estas prioridades y no a gastar la energía dirimiendo espacios en las listas plurinominales para “los de siempre”, para los improvisados protegidos y para los que no se cansan en recordar el ayer y padecen de autismo en el presente.

El PRI no ha de desaparecer en el corto plazo, como dió a entender el candidato Madrazo si él perdía. Pero, si no toma conciencia de la renovación y la refundación, entrará en un letargo, palabra que la Real Academia Española, define como “El Síntoma de varias enfermedades nerviosas, infecciosas o tóxicas, caracterizado por un estado de somnolencia profunda y prolongada”. Y ese letargo, “con los de siempre” será el tránsito, entonces si, a una lenta desaparición que apagará la última vela donde se amparaba en los rincones de México. Por eso, es clave que la militancia recupere la autocrítica y con ello recuperar confianza, levantar la voz para contestar cómo México debe tener una democracia efectiva y no vacía. ¿Se cree que los jóvenes sin partido y con vocación política y de servicio pueden ingresar a las filas del priismo cuando se cierran espacios y no hay nuevas formulas de participación? Las complacencias no riman ni en la democracia interna del partido, ni en la exterior. Nunca como antes es el tiempo de las definiciones en el PRI. Una actitud complaciente con “los de siempre” y con la juniorcracia, tan renuente a competir con equidad, es una irresponsabilidad que mas temprano que tarde habrán de pagar los priistas ante el veredicto de los electores. Primero, a los que criticaron la Alianza con el Partido Verde, con el partido mercenario que ayer fue aliado de la derecha, que después se va y ahora hace una alianza con el partido que fue su contrincante en el 2000, se les dijo que sólo así ganarían. Para nadie es extraño que ni se elevaron las preferencias electorales y que se está pagando un costo mayor. Las generaciones del PRI identificadas con la apertura tienen una tarea que hacer para demostrar que la renovación es el camino y no el letargo y las actitudes sumisas. Las ideas de transformación están en el PRI, basta ver los diversos foros temáticos que ilustran el valor de la idea y las respuestas a los retos que México tiene. No obstante, estarían trabadas diversas conclusiones que podría convertirse en políticas públicas, si no hay debate y si son hechas a un lado. Los que quieren tener respuestas para un PRI vigoroso y con visión de Estado, no se pueden callar para decir: “aquí no pasa nada, todo está bien”.

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