jueves, 11 de junio de 2009

PRI, la renovación no basta

PRI, la renovación no basta
Juan-Pablo Calderón Patiño

Las palabras deben de ser para dar pasos irreversibles
Carlos Pellicer

Por doquier se habla entre priistas, o en los ciudadanos apartidistas, que reconocen en el PRI un partido histórico con un manto de luces y sombras, que es la hora de la renovación del instituto político. Tal vez, el partido con más décadas en el poder en un sistema político. ¿Qué es la renovación? Es buscar algo nuevo que supla a lo anterior. Esa renovación es viable en otra lectura y realidad política. Ante el desastre de los resultados de la elección, la más dura lección del ciudadano para cualquier partido, pero en especial para el PRI que bajó a ser la tercera fuerza política. No merece una simplona renovación. Eso aplica nada más en la renovación de una dirigencia autista e invisible en el debate nacional, que no se acaba en el recoveco del conflicto postelectoral. El PRI no ha tenido eco en gran parte de sus dirigentes, pero si en su militancia, en que no basta la renovación. No basta porque no se ha querido comprender que el partido heredero del liberalismo y de la revolución mexicana, nada menos, merezca una transición a su cuarta etapa histórica. Las que antecedieron desde su creación en 1929 en el Partido Nacional Revolucionario, después en 1938 en Partido de la Revolución Mexicana y durante la campaña alemanista, al Partido Revolucionario Institucional. Esas etapas tenían como eje una transformación desde su célula que anunciaba su reacomodo en el sistema político y en consecuencia, en su operabilidad. El Presidente Lázaro Cárdenas, ratificaba la vocación revolucionaria de un partido que la explayó en el nuevo sistema político del siglo XX de la mano de un presidencialismo, eje de la vida política. Los sectores eran un instrumento de legitimación de poder, pero sobre todo, fueron los cuerpos que posibilitaron ser parte de la inclusión política de diversos grupos y en consecuencia, del proceso de dar soluciones a sus diversas demandas. La capacidad de transitar a una nueva etapa histórica en donde por primera vez, los civiles serían los responsables del quehacer político. En conjunto con abrir una nueva era de crecimiento para un país que se reconstruía, hacia viable lo que se denominó Revolucionario Institucional. Después de la derrota del 2000 y con una acelerada disminución de las elecciones federales y locales desde 1988, que se refuerza en 1997 cuando por primera vez el PRI pierde la mayoría en la Cámara de Diputados. El partido con mayor presencia en cada rincón de la geografía nacional, no ha podido detener la caída de votos. Miguel de la Madrid sería el último presidente del Revolucionario en obtener un 71.63% de la votación. Después, la caída no ha tenido freno. Carlos Salinas inaugura los “mínimos” y con un controvertido 51.22% (9, 687, 926 votos) gana y sus reformas constitucionales reclamaban en el Congreso el necesario apoyo de Acción Nacional para contar con las mayorías legales parlamentarias para lograr los cambios. En 1994, Ernesto Zedillo obtiene el triunfo con el 50.55% (17, 181, 651 votos). En el 2000, la derrota presidencial con 36.1% (13, 579, 718 votos), muestra un PRI en franco deterioro electoral. No obstante, el resultado de la última elección presidencial, el candidato Roberto Madrazo logra un 22.26% (9, 301,441 votos) que ubica al PRI en su peor etapa histórica. Desde 1988, pero en especial la elección del 2000 cuando se da por primera vez la derrota presidencial, se demuestra el desahogo de la población con el PRI. Para muchos priistas no sólo ubicaron como responsable al candidato del momento, sino también la supuesta “traición” de Ernesto Zedillo de haber entregado el poder al ganador Vicente Fox. Esos priistas han demostrado en esos falsos culpables no sólo su ausencia de responsabilidad histórica, en la que prefieren aferrarse a la verticalidad de los viejos tiempos, que a la transformación demócrata que exige una nueva realidad política, sino también su corresponsabilidad en la derrota. Rebasando a la serie de magros errores y tropiezos del PRI que rebasaban al período salinista, el del “villano favorito”, el partido ha pagado con creces sus carestías, puntos magros y sus propias contradicciones. El traspaso del último presidente de la revolución, como se autodefinía López Portillo hacia una nueva clase dirigente con una venia tecnocrática, fue el abono para descubrir a un PRI sin el menor cobijo ideológico o por lo menos de congruencia con sus principios y las acciones que se alejaban de los clásicos apoyos populares e históricos del priismo nacional. El liberalismo social de Carlos Salinas más que vestir al PRI con un nuevo marco ideológico, fue un referente para los intereses salinistas, no para un partido que empezaba a decirle adiós a la figura de partido hegemónico.

La crisis del PRI, es respuesta no sólo a la serie de flacos comportamientos y acciones de diversos militantes en el poder y de su progresivo alejamiento al reclamo popular de las causas de la mayoría, cuestión que infundió una mística especial al PRI. Gran parte de la actual crisis, se debió a que no existieron espacios al interior del partido para contestar dos interrogantes ¿Porqué perdió el PRI la presidencia de la república? y ¿Qué podemos hacer para que no vuelva a perder el partido? En lugar de eso, se marginó a cualquier grupo que intentara encontrar esas respuestas y se refugio el partido en la muy corta visión de los procesos electorales estatales, en la renovación de la Cámara de Diputados en el 2003 y en el secuestro anunciado de la candidatura presidencial. No se vio la necesidad de ganar los procesos electorales de la mano de la respuesta de esas preguntas. Los espejismos que ponían la fuerza del PRI como el partido con mas votos ganados después del 2 de julio del 2000, fueron eso, espejismos. No más quimeras, para lo que único que fueron capaces, fue para demostrar que la mayoría de la ciudadanía no otorgaba un voto de confianza en el viejo partido, sino ahora, al revés, como un voto como castigo al PAN, partido en el poder. Nunca se entendió esa dinámica real. Incluso si bien ganaba el PRI en una gran mayoría de estados, muchos de relevancia histórica como Veracruz y Oaxaca, se daba cuenta pero sin hacer conciencia de que ganaba siendo un partido minoritario si se juntaban las votaciones de sus rivales (un fenómeno a la inversa de la realidad nacional en la Presidencia de la República, cuando Fox ganando con el voto de 4 de 10 electores, es un presidente de minorías). Ambas elecciones, demuestran el fin para los otrora estados “reservas de votos”, pero también ambos estados mandan otro mensaje contundente: en Oaxaca, el candidato respaldado en una coalición, Gabino Cué, era un expriista muy allegado a un exgobernador oaxaqueño priista. En Veracruz, si bien el segundo lugar fue un panista, el tercer lugar encabezado por el expriista Dante Delgado fue clave para la victoria de Fidel Herrera. De no haber sido candidato Delgado, la historia pudo ser otra para el PRI. Ambos ejemplos en conjunto con casos como Ricardo Monreal en Zacatecas, Sánchez Anaya en Tlaxcala, Leonel Cota en Baja California Sur, Salazar Mendiguchía en Chiapas, entre otros, son muestra rotunda de que el PRI está perdiendo batallas externas por una democracia simulada al interior de sus procesos de elección de candidatos. Si en el PRI, como instrumento de contrapesos de poderes y donde la inclusión y la riqueza de una militancia heterogénea brindaban los vectores para hacer política. Hoy, ante la orfandad del primer priista de la nación, encarnado en el presidente de la república, se ha atomizado las decisiones de manera desordenada y lamentablemente, más en forma de cacicazgos estatales, que en instrumentos eficientes de rotación de grupos internos. El cambio de ruta de Los Pinos hacia 17 gobernadores y en ocasiones en la sede nacional del PRI, no ha sido para inventar nuevos procesos de legitimación y de candidaturas con una amalgama con el partido y con sus planes de proyección nacional. En definitiva, han arrinconado al PRI a decisiones de grupo y no a los intereses de partido. Bajo las siglas históricas del partido, hay una sequía de imaginación y de voluntad política para emprender paso a una democracia interna real.

El PRI actual esta danzando en el limbo, amarrado por una renovación cosmética y por las contradicciones de su pasado y presente. Si el mensaje de las urnas aún no se ha digerido, por más que prevalezcan fiestas de partido elocuentes, pero huérfanas en responsabilidad política, hay dos caminos paralelos no sólo para la sobrevivencia del partido, que entrañaría una vacía renovación como muchos la entienden, sino también para volver a ser un arquitecto del destino nacional. Uno es la renovación generacional, el otro, es la refundación del PRI. Ambos son complementarios y no pueden ir en rutas separadas. ¿De que valdría un relevo generacional si existen las viciadas prácticas de antaño y no existiera una nueva oferta política? ¿De verdad se cree que la actual clase política –con mínimas excepciones- priista, puede realizar una transformación en un punto ideológico si no sólo es capaz de entender los nuevos tiempos y sigue haciendo política ante un sistema político agotado?

Los priistas no pueden volver al enfrentamiento con espejismos. Si hay todavía 17 gobernadores de extracción priista, está fuerza real no puede posibilitar por si misma, aunque en ella se concentre la mitad del PIB nacional, una divisa fundamental para el partido si no hay un nuevo compromiso de los mandatarios con la renovación generacional y la refundación del PRI. Un prerrequisito clave para ello será desmanchar y hablar con el peso de la verdad en los casos donde la lealtad de partido, fue hecha a un lado para privilegiar la operación hacia el candidato de derecha. De no retejer la confianza y si no hay muestras claves para dispersar la verticalidad en 17 gobernadores cerrando el espacio a los intereses del priismo, muy poco se podrá hacer. La balcanización habrá llegado y más disperso ideológicamente será el PRI. El costo de una unidad ficticia y hueca será el principio del fin. El gran ganador, la derecha y los grupos ultraconservadores. El primer perdedor, el PRI y el principal perdedor, el sistema de partidos que ve como se despinta una posibilidad no sólo de contrapesos sino de opción ideológica.

El trabajo de la renovación generacional, tiene una encomendable labor que demostrar. Primero, la juventud del partido no tiene porque pagar los platos rotos de los errores de los mayores. Ante una cada vez menor militancia incrustada en la burocracia gubernamental, el cambio generacional por primera vez esta dentro del partido mismo y eso es un plus que hay que apoyar como condición de desarrollo. Segundo, se compile los grandes errores y fracasos, pero también los aciertos del priismo histórico. Así se podrá abrir la puerta a una reconciliación con la nación, que al mismo tiempo sea condición, por medio de una nueva oferta política de reencuentro con la sociedad. El atributo más sabio será el de ser una opción genuina y libre de ataduras de polos de derecha e izquierda intransigentes, pero si en una especie de socialdemocracia a la mexicana. Ejemplo de regionalizar a la socialdemocracia, lo representa Brasil en una fórmula de Brasil para Brasil y libre de mandamientos externos que no son aplicables a las realidades sociales de ese país. En la misma ruta, el PRI si fue creador de un sistema político en el siglo XX, deberá desde la oposición y especialmente desde el Legislativo, convertirse en catalizador para idear un nuevo régimen que tenga como premisas la gobernabilidad democrática y la capacidad de acuerdos. Un logro así sería muestra del eje de renovación generacional y refundación para que el PRI vuelva a ser un actor de primer orden. Los priistas que creemos en ello, no debemos tener excusa en mencionar que hoy, ya no la historia, sino nosotros mismos nos hemos privado, cruelmente, de la posibilidad de aprender a ser demócratas, como recordaba Octavio Paz.





San José Insurgentes, Ciudad de México. Septiembre, 2006.

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